El primero de mayo en el marco de la pandemia y la recesión

Fiodor Morán

La historia de la humanidad ha sido la historia de la lucha de clases y lo será mientras existan clases sociales, explotadores y explotados. La saña criminal de la burguesía en contra de los trabajadores tiene en la historia de la lucha por la jornada de ocho horas a fines del siglo XIX uno de los episodios más impresionantes. Los capitalistas estadounidenses no solo usaron a la policía para balear a huelguistas, sicarios para asesinar a luchadores obreros, esquiroles para reventar las huelgas, también usaron los tribunales para ejecutar a los dirigentes de las huelgas y así escarmentar a toda la clase proletaria. El primero de mayo es la jornada mundial de conmemoración que quienes vivimos de nuestro propio trabajo tributamos a los mártires de Chicago, todos los caídos en la pelea por la jornada de ocho horas en 1886, tanto en las calles luchando como los dirigentes asesinados por la justicia capitalista posteriormente en las farsas judiciales montadas por la burguesía yanqui.

A pesar de todos los crímenes cometidos por la burguesía, toda la represión desplegada, la clase trabajadora ha conquistado formalmente ese derecho, en algunos países incluso se ha reducido por ley incluso más. Todos los derechos conquistados por la clase trabajadora se forjaron a través de enormes luchas y sacrificios: el derecho a la sindicalización, el derecho a condiciones de seguridad industrial y ambiental en el trabajo, el derecho a un salario mínimo y a contratos de trabajo.

En República Dominicana el movimiento obrero también tiene una heroica historia. La Gran Huelga Azucarera encabezada por Mauricio Báez en 1946 tenía entre sus reivindicaciones la misma exigencia de respeto a la jornada de 8 horas por la que habían luchado los obreros de Chicago 60 años antes. La experiencia de la organización clandestina, en condiciones de extrema persecución por parte de gobiernos dictatoriales como los de Trujillo y Balaguer, es un legado histórico de nuestra clase al que debemos recurrir para lograr organizarnos sindicalmente en la actualidad, dada la ausencia de libertad sindical en el marco de la democracia burguesa. Apenas 6% de los trabajadores del sector privado están sindicalizados y de las pocas organizaciones sindicales muchas de ellas están arrodilladas ante el gobierno y los capitalistas, las centrales sindicales son pequeñas y funcionan como ONGs, alimentándose del financiamiento de las multilaterales a cuyas agendas se subordinan.

Organización y lucha autónoma, tanto sindical como política, son la única garantía de mejoría de las condiciones de vida de la clase trabajadora. Muchas de las conquistas históricas de la clase trabajadora en los años posteriores a la segunda guerra mundial se han ido perdiendo. Sin ir más lejos, miles nos vemos obligados a desarrollar jornadas de trabajo de más de ocho horas, a tener dos o tres trabajos para sobrevivir; en el caso de las mujeres trabajadoras, la mayoría tiene que cargar con una doble jornada de trabajo cuando se suman las tareas reproductivas no remuneradas. En este sentido también es una tarea pendiente lograr el principio de igual pago por igual trabajo, pues en promedio ganan menos que los hombres al realizar los mismos trabajos, además de tener menos acceso a los cargos mejor pagados. Los trabajadores inmigrantes también son discriminados y reciben remuneraciones menores, por la brutal combinación de discriminación racial y persecución ante su condición migratoria. De todo esto se desprende que necesitamos construir una organización sindical nacional de carácter democrático y de clase, guiada en sus acciones por las decisiones de sus bases, con total autonomía respecto de los gobiernos y los patronos, una central sindical que vele por los derechos de toda la clase trabajadora, sin divisiones por criterios racistas, xenófobos o machistas.

En el marco de la pandemia, la clase trabajadora sufre el peor ataque a sus derechos en las últimas décadas, quizás desde la destrucción del Sindicato de los Trabajadores de la Corporación Dominicana de Electricidad (Sitracode) por parte de Balaguer en la década del 90. Más de 780 mil trabajadores han sido suspendidos con remuneraciones miserables de 5 a 8.5 mil pesos mensuales pagadas por el Estado, si a ellos sumamos las cancelaciones y reducciones salariales estamos hablando de que alrededor de la mitad de la clase trabajadora ha sido afectada por el peor ajuste capitalista de nuestra historia. El gobierno intenta aplicar un plan de reincorporación gradual a las actividades económicas que no toma en cuenta la seguridad y la salud de la clase trabajadora, sacrificándola nuevamente al altar de las ganancias capitalistas. Queda demostrado que nunca le interesó cuidar a la población del coronavirus, es un gobierno cuyo único desvelo son las ganancias de sus jefes burgueses. En eso no se diferencia la oposición capitalista del PRM. Tanto el candidato presidencial del PLD como el del PRM son empresarios. Ninguno representa los intereses de la mayoría trabajadora, tanto formal como informal.

Una demostración del nivel de atraso al que hemos llegado es el hecho de que legalmente no ha sido reconocido el Día del Trabajador, lo que tenemos es un “Día del Trabajo” como feriado móvil. No es casual, es una demostración del desprecio de los gobiernos capitalistas dominicanos por la clase trabajadora. En EEUU tampoco se conmemora el primero de mayo oficialmente, allá se conmemora un Día del Trabajo en septiembre. ¿A qué le temen tanto estos gobiernos que se niegan a aceptar la participación de los trabajadores en una jornada de paralización mundial en conmemoración de los mártires de Chicago?  Nos temen a nosotros, a quienes hacemos girar al mundo con nuestro trabajo. Si algo ha demostrado la pandemia y la cuarentena que ha hundido a la economía mundial es que la economía no funciona por los capitalistas, funciona por la clase trabajadora. Sin trabajo no hay creación de riqueza. Tomemos consciencia de la potencialidad que encierra nuestra condición de verdaderos productores, la de construir un mundo nuevo si nos organizamos para transformarlo, tomando el poder y eliminando la explotación capitalista. La crisis nos impone unas tareas inmediatas: luchar contra los despidos y las suspensiones con rebajas salariales, exigiendo que sean prohibidas y sean reintegradas a sus trabajos las personas despedidas; exigir salarios dignos e insumos para laborar en condiciones seguras para todos los trabajadores de la salud; estatización de las AFP y las ARS para garantizar el derecho a la salud y a la seguridad social para todas las personas; no al pago de la deuda externa y que se use el dinero para garantizar asistencia social y una salud pública de calidad. Otras fuentes de financiamiento para las más urgentes necesidades del pueblo trabajador son los impuestos a las grandes fortunas y reducir los altos salarios en el Estado para que nadie gane más que un médico.

El mártir August Spies desde el patíbulo de la muerte le dijo a sus verdugos: “La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro, que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”. Y el último deseo expresado por George Engel fue “que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y quiénes son sus amigos”. La profecía de Spies se ha cumplido, hoy nadie recuerda los nombres de los verdugos, mientras que millones en el mundo honran a los mártires obreros de Chicago. De nuestra propia actividad militante depende que reconozcamos a nuestros enemigos de clase y a quiénes realmente luchan por nuestra emancipación.

(Imagen: Mural de Diego Rivera en Detroit)

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