La guerra sino-japonesa

León Trotsky

Nota de MST-RD.org: La segunda guerra entre el imperialismo japonés y China se inició en 1937 y se extendió hasta 1945, finalizando con la derrota de Japón a manos del bando aliado de la II Guerra Mundial. Se calcula que dejó alrededor de veinte millones de víctimas chinas. Inicialmente, China contó con el envío de armamento de la URSS y Alemania, así como asesores militares nazis, pero en 1938 los nazis cesaron sus envíos de armas al acercar posiciones con el imperialismo japonés, y la URSS redujo su apoyo a China luego del pacto estalinista-nazi de 1939. Hacia 1941 aumentó el apoyo económico del imperialismo estadounidense a China y luego del ataque a los yanquis en Pearl Harbor en diciembre de ese año por parte de Japón, la guerra sino-japonesa pasó a formar parte de la guerra mundial entre los aliados y el Eje fascista.

Polemizando con sectores de izquierda que se negaban a apoyar a China ante la agresión imperialista japonesa, Trotsky aplicó el método marxista de apoyar al país colonial o semicolonial en su resistencia a la potencia imperialista y colonizadora, desechando los argumentos equivocados de quienes veían en esa posición un apoyo al gobierno capitalista chino encabezado por el reaccionario de Chiang Kai-shek o una forma de hacerle el juego a imperialismos competidores de Japón, una potencia imperialista más débil que las europeas o que EEUU. En el siglo XXI, el socialismo marxista ha aplicado el mismo criterio al apoyar la resistencia del pueblo de Irak ante la invasión imperialista por parte de EEUU, sin apoyar políticamente a la dictadura de Hussein, y más recientemente apoyando la resistencia ucraniana ante la invasión imperialista rusa sin apoyar a Zelensky.

La guerra sino-japonesa

Carta al Secretariado Internacional, 27 de octubre de 1937

Estimados camaradas,

Voy a responder brevemente a vuestra resolución sobre Japón y China con mucho retraso. Este retraso se explica por el hecho que he supuesto que mis anteriores cartas sobre esta cuestión eran suficientes. Ahora veo que no lo eran. Algunos camaradas, inspirados por consideraciones ultraizquierdista y que quieren mantenerse más o menos “neutrales” entre Chiang Kai-shek y el Mikado, tratan ahora de replegarse a una trinchera de segunda línea que piensan que les ofrece vuestra resolución.

No tengo nada que repetir sobre ninguna parte de vuestra resolución, ni incluso sobre ninguna de sus frases. Todo lo que se dice en ella es justo, pero la proporción entre sus diferentes partes no me parece suficientemente realista. Tenemos una guerra. El primer interrogante es: ¿nuestros camaradas chinos, y todos los otros junto a ellos, deben aceptarla como su guerra o rechazarla como una guerra impuesta por la clase dirigente? Los ultraizquierdistas tratan de evitar responder a este interrogante fundamental. Comienzan denunciando a Chiang Kai-chek por sus crímenes pasados y por venir. Es una forma completamente doctrinaria de abordar la cuestión, posible en Nueva York (los aehleristas) o Bruselas, pero no en China ni, sobre todo, en Shanghái. Conocemos muy bien a Chiang Kai-shek como al verdugo de los obreros. Pero este mismo Chiang Kai-chek está obligado hoy en día a dirigir una guerra que es nuestra guerra. En esta guerra, nuestros camaradas deben ser los mejores combatientes. Políticamente, tendrán que criticar a Chiang Kai-shek, no porque haga la guerra sino porque no la hace de forma suficientemente eficaz, sin pesados impuestos sobre la clase burguesa, sin un armamento suficiente de los obreros y campesinos, etc.

Nuestros camaradas de los diferentes países ignoran prácticamente que la principal consigna de nuestra sección china en el período precedente era: “Preparad la guerra contra Japón”. Y tenían razón. Ahora, nuestros camaradas chinos tienen la enorme ventaja de haber sido los protagonistas más vigorosos de la guerra contra Japón y los preparativos militares. Deben proseguir con su actividad política en el mismo plano. Creo que al respecto no podemos hacer la menor concesión a los ultraizquierdistas que son…, sí, socialpatriotas en potencia. Siguen siendo internacionalistas pasivamente, en la medida en que están dispuestos a rechazar “toda guerra” a fin de conservar su “neutralidad” vigilante. Pero cuando los acontecimientos fuercen a esos camaradas a distinguir entre guerra y guerra fácilmente podrán deslizarse al socialpatriotismo.

La guerra sino-japonesa constituye un ejemplo clásico que nos sirve para preparar a nuestros cuadros para la guerra mundial que se avecina, igual que la revolución española es un preciado ejemplo para la preparación de nuestros cuadros para la revolución internacional. Allí, los bandidos imperialistas están metidos en un combate aislado contra un país semicolonial para hacer de él un país completamente colonizado. El obrero japonés debe decir: “Mis explotadores me han impuesto esta guerra deshonesta.” El obrero chino debe decir: “Los bandidos japoneses le han impuesto a mi pueblo esta guerra defensiva. Es mi guerra. Desgraciadamente la dirección de esta guerra está en malas manos. Tenemos que vigilar severamente su dirección y prepararnos para ocupar su lugar.” Es el único plan real de agitación y propaganda.

He escuchado el siguiente argumento: “El ejército chino es un ejército burgués, nosotros solo podemos apoyar a un ejército rojo proletario.” Este argumento es una expresión “militarizada” de la incomprensión de la diferencia que hay entre un país colonial burgués (semiburgués, semifeudal) y un país de esclavistas imperialistas. En tanto que ejército burgués, el ejército chino puede evidentemente reprimir huelgas obreras y revueltas campesinas en beneficio de los poseedores. Bajo todas estas circunstancias nos opondremos a él con todos los medios. Pero en la guerra contra Japón este ejército defiende (no lo bastante, con poca conciencia, etc.) el interés nacional progresista del pueblo chino. Y, en esta medida, nosotros lo apoyamos. Identificar ejército chino y ejército japonés es simplemente colocar un signo “igual” entre opresores y oprimidos, entre los bandidos y sus víctimas.

He escuchado también argumentos del tipo de: “sosteniendo esta guerra dirigida por Chiang Kai-shek contra el imperialismo japonés le hacemos un servicio al imperialismo británico y estadounidense y podemos convertirnos en su instrumento.” De nuevo el ultraizquierdismo deviene un hándicap para la acción revolucionaria. Un ejemplo: en una fábrica los guardias de la compañía atacan a los obreros, hieren y matan a varios. Los obreros están indignados de tal forma que los mismos faquires sindicales se ven obligados a llamar a la huelga. Nuestro ultraizquierdista aparece en escena, con el dedo levantado por encima de su cabeza a modo de advertencia: “No haremos huelga”, dice, “no solamente porque los dirigentes sindicales son faquires incapaces de asegurar nuestra total emancipación sino también porque, con nuestra huelga, le haremos un servicio a la firma de la competencia y así nos convertiremos en el instrumento de otro explotador.”

En el caso de una huelga los obreros sólo podrían acoger tales argumentos con indignación, Pero si se proyecta a la escala grandiosa de una guerra esta misma actitud es infinitamente más criminal y digna de provocar cólera. Está claro que Chiang Kai-shek no puede asegurar la liberación de China; pero trata de impedir que ésta sea reducida todavía más al esclavismo, y ello constituye un pequeño paso hacia su ulterior liberación. Participaremos en ese pequeño paso con toda nuestra energía.

En última instancia, es falso que “ayudemos” a Gran Bretaña. Un pueblo que es capaz de defenderse con las armas en la mano contra un bandido mañana será capaz de rechazar a otro. Un partido revolucionario, que comprenda esto y que ocupe consciente y valientemente su lugar a la cabeza de un pueblo que defiende los restos de su independencia, es el único partido capaz de movilizar a los obreros durante la guerra y, tras la guerra, de quitarle el poder a la burguesía nacional.

La situación en Extremo Oriente, repito, es tan clásicamente clara que todavía hay que preguntarse de nuevo por qué nuestros camaradas dirigentes belgas, en un momento crítico en el que comienza una verdadera guerra, pueden juzgar posible poner un punto de interrogación sobre mi muy simple declaración a la prensa: “Estamos totalmente de parte de China sin abandonar nuestro programa.”1 Todo nuestro trabajo anterior sobre la cuestión de la guerra, empezando por 1914, tenía como objetivo preparar al menos a nuestros camaradas dirigentes a enfrentarse con los ojos abiertos a toda nueva situación de guerra. Sin embargo vemos desgraciadamente que, al comienzo del conflicto más claro y el menos discutible, algunos de nuestros amigos belgas no tienen en absoluto otro instrumento de propaganda más que un signo de interrogación.

En una de mis anteriores cartas2 he explicado que el carácter de la declaración mencionada más arriba (30 de julio de 1937) señalando el deber de los obreros chinos de participar activamente en la guerra, estaba también dictada por la toma en consideración de la situación específica a la que se enfrentan nuestros camaradas chinos. Estaba claro que los verdugos estalinistas ligados a Chiang Kai-chek tratarían de calumniar a los bolcheviques chinos presentándolos como “agentes de Japón”. Y ahora ya ha sucedido. Los agentes de la GPU en China han enviado al órgano en Nueva York de la GPU, el Daily Worker, una noticia anunciando una nueva impostura, esta vez en territorio chino. El internacionalismo auténtico no consiste en repetir frases estereotipadas en cualquier ocasión, sino en reflexionar sobre las condiciones y problemas de cada una de nuestras secciones a fin de facilitarles su tarea. Teniendo en cuenta la situación terriblemente difícil a la que se enfrentan nuestros camaradas chinos, el signo de interrogación inadmisible de nuestro periódico belga constituye un error muy grave.

Por ello no podemos hacer la menor concesión sobre esta cuestión a los ultraizquierdistas, a los centristas, a quienes dudan y ponen peros. Es preciso llevar el combate sobre esta cuestión hasta el final.

Textos referenciados

1Japón y China

(30 de julio de 1937)

Japón es en el presente el eslabón más débil de la cadena capitalista. Su superestructura militar-financiera descansa sobre una base de barbarie agraria semifeudal. Las periódicas explosiones del ejército japonés no hacen más que reflejar simplemente la tensión insoportable de las contradicciones sociales en ese país. El régimen entero solamente se mantiene gracias a la dinámica de las conquistas militares. La decapitación del Ejército Rojo, y la influencia desmoralizadora sobre él de una serie de procesos fabricados, le han dejado al militarismo japonés las manos libres para nuevas aventuras.

Los probables éxitos militares de Japón sobre China solo tendrán significado en tanto que episodios históricos. La resistencia de China, estrechamente ligada con el renacimiento de esta nación, no dejará de aumentar de año en año. Las dificultades en aumento de Japón acabarán en una catástrofe militar y en la revolución social.

El gobierno chino podría impulsar un enorme entusiasmo en las masas populares y movilizarlas para la lucha contra la intervención japonesa si pusiese en marcha reformas sociales serias. La experiencia pasada no nos permite alimentar ilusiones sobre el programa social del mariscal Chiang Kai-shek. Pero si existe en un mundo una guerra justa, esa es la guerra del pueblo chino contra sus opresores. Todas las organizaciones obreras, todas las fuerzas progresistas en China, sin abandonar su programa ni su independencia política, deben cumplir hasta el final con su deber en la guerra de liberación, independientemente de su actitud ante el gobierno de Chiang Kai-shek.

Las actuales escaramuzas militares pueden, como más de una vez ha ocurrido en el pasado, verse seguidas de un compromiso putrefacto. Pero no durará mucho tiempo. Japón está demasiado profundamente hundido en el continente como para retroceder. El despertar nacional de China no tolerará capitulaciones profundas. Por su parte, la URSS no puede mantenerse durante mucho tiempo como espectador pasivo de esta gran lucha histórica. Los intereses de autopreservación del estado soviético vencerán a los intereses de la autopreservación de la actual camarilla dirigente. La URSS tenderá la mano a China y le ayudará en la construcción y armamento del ejército chino. Toda la opinión progresista mundial estará de parte de China. La derrota del militarismo japonés es inevitable y se producirá en un próximo futuro.

2La sección belga y la guerra sino-japonesa

Carta al Secretariado Internacional, 29 de septiembre de 1937

Estimados camaradas,
En La lutte ouvrière belga del 11 de septiembre de 1937, nº 37, he encontrado reproducida mi primera entrevista a la prensa burguesa, del 30 de julio de 1937, sobre la cuestión de la guerra sino-japonesa. La redacción añade a la entrevista el siguiente comentario: “Esta declaración solo compromete al camarada Trotsky.”

Para cualquier lector informado tal lenguaje es la expresión de divergencias fundamentales. Ahora bien, mi entrevista no formula más que dos ideas: primero, que los obreros revolucionarios chinos deben participar con la mayor energía en la guerra contra Japón; segundo, que durante esta lucha militar, las organizaciones obreras deben mantenerse fieles a su programa y mantener toda su independencia organizativa.

¿A cuál de estas dos ideas se refieren las enérgicas reservas de la redacción? ¿Cree ésta que los obreros chinos deben oponerse a la defensa nacional de un país
colonial contra el imperialismo invasor? ¿O cree que, por el contrario y en nombre de la defensa nacional, deben abandonar su actividad política revolucionaria a la manera de los estalinistas? Me parece que debemos exigirles a nuestros camaradas dirigentes belgas una explicación completamente clara al respecto.

Textos tomados de Marxists.org y Grupgerminal.org

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