Dos respuestas a Moya Pons

Amaury Rodríguez, Anne Eller y Andrew Walker

Nota de MST-RD.org: El bicentenario de la abolición de la esclavitud en la parte oriental de nuestra isla, territorio en el que posteriormente se creó el Estado dominicano, ha sido motivo de importantes debates políticos y académicos. Ya con anterioridad compartimos un manifiesto en el que se celebró esta importante fecha, soslayada por el Estado dominicano, publicamos una crítica del sesgo racista de gran parte de la prensa dominicana en su tratamiento del tema, y compartimos un importante trabajo académico de la historiadora Quisqueya Lora. Entedemos que para el activismo obrero y popular, no puede ser indiferente este debate que toca los pilares ideológicos de la construcción de una identidad nacional sobre la base de nociones racistas. Entender nuestro pasado es fundamental para cambiar nuestro presente y vislumbrar un futuro distinto.

En el ámbito académico, el XXIII Congreso Dominicano de Historia, pese a los esfuerzos de la derecha, realmente mostró que las posiciones abiertamente racistas como la de Manuel Núñez son marginales. Este es el contexto en el cual el historiador Frank Moya Pons, otrora respetado y considerado de ideas más o menos liberales, se ha convertido en el portavoz más estridente de la derecha racista, con argumentos escandalosamente ruines, como las teorías conspirativas esgrimidas en su discurso del 16 de febrero, durante la admisión de Miguel Reyes, otro recalcitrante antihaitiano, en la Academia Dominicana de Historia. Aún más grave, en una entrevista realizada por Wilfredo Lozano, Moya Pons expresó que la masacre y limpieza étnica de 1937 llevada a cabo por Trujillo contra personas haitianas en la zona fronteriza, que Lozano considera «un acontecimiento desatinado», obedeció a «una aspiración histórica expresada en múltiples ocasiones por mucha gente común, además de intelectuales, comerciantes y políticos dominicanos». Así pues, Moya Pons ocupa un lugar privilegiado en la construcción ideológica neotrujillista del actual régimen. A continuación reproducimos las respuestas a Moya Pons por parte de Amaury Rodríguez así como Anne Eller y Andrew Walker, originalmente publicadas en Esendom y Acento respectivamente.

Frank Moya Pons sin mascarilla

Amaury Rodríguez

El legado peledeísta de xenofobia y racismo retoma fuerzas a manos de Luis Abinader, jefe de estado a cargo del proyecto clasista de la élite. Ante la normalización de la barbarie y al auge del populismo nacionalista a nivel global se suman más figuras y figurines al proyecto de dominación y explotación.

En el caso dominicano, no se sabe si de lo que se trata es de, simple y llanamente, la búsqueda de una botella, o el hecho de que ahora se sientan más a gusto con quitarse las máscaras.  Lo cierto es que los liberales de ayer son los conservadores de hoy. Al historiador Frank Moya Pons la etiqueta de intelectual liberal lo acompañó por décadas, tal vez por cierta ambigüedad política o sofisticación intelectual en el lenguaje y sus formas de ocultamiento y evasión.  

Prensa y propaganda

En estos días, los encabezados por encargo de la prensa resaltan las declaraciones de Moya Pons en un acto de pura pedantería en los predios de la Academia Dominicana de la Historia. Valiéndose de esa plataforma bañada en oro, el historiador dominicano fustigó, de la forma mas simplista inimaginable, la disidencia intelectual criolla y residente en el exterior, enfrascada desde hace varios años en la tarea de desmontar la falsificación de la historia.

En uno de esos días donde no aparecen noticias ni chismes del corazón, la prensa conservadora se hizo eco de las palabras de Moya Pons buscando silenciar las voces de la protesta. La primera nota «periodística» aparece con el encabezado «Historiador Moya Pons ve activismo pro haitiano desde RD y EU» en el matutino Hoy de fecha 17 febrero del 2022.

La República Dominicana es una nación madura, con un Estado moderno y con una democracia funcional, cuyos fundamentos están siendo cuestionados hoy de manera preocupante por algunos intelectuales criollos y extranjeros que han asumido sospechoso activismo pro haitiano, advirtió el historiador Frank Moya Pons.

Frank Moya Pons señaló que queda claro que, en los últimos años en el país y algunos círculos académicos de los Estados Unidos, una corriente intelectual que promueve una nueva ideología racial que enfatiza la equivocada noción de que el color de la piel es un ingrediente más definitorio de la nacionalidad que la cultura, la religión, el lenguaje, las tradiciones, sobre todo, la memoria colectiva.

Nación madura donde se violan los derechos humanos y el aborto está prohibido. Ese ese mismo día, el portal Acento publicó otra notilla, esta vez con más lujo de detalles:

Con la presencia de la vicepresidenta de la República, Raquel Peña, el escritor y embajador dominicano Miguel Reyes Sánchez ingresó este miércoles 16 de febrero como miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia.

Las primeras palabras de Miguel Reyes Sánchez al recibir la distinción fueron de agradecimiento, en especial para Frank Moya Pons, José Chez Checo y Juan Daniel Balcácer por proponer su candidatura a la Academia, y a la vicepresidencia por su presencia en el acto.

En pocas palabras, Raquel Peña, la tutumpona y jefa de los talibanes dominicanos, estuvo presente en la actividad. La nota anterior aclara muchas cosas. Ahora nos enteramos de que Moya Pons fue uno de los que propuso la candidatura del diplomático de marras a la Academia de la Historia. Supongo lo hizo porque considera que el diplomático puede aportar al debate académico y a la misma vez, existen confluencias de ideas entre ellos.  

Durante su discurso de ingreso, Miguel Reyes hizo un recuento de los hechos y barbaridades que se produjeron durante la expedición haitiana de Dessalines a Santo Domingo en 1805, en el que aborda como Jean Jacques Dessalines irrumpió a la parte este de la isla de Santo Domingo con la intención de unificar la isla.

Esos «hechos» y «barbaridades» a los que se refiere el funcionario del gobierno y académico forman parte de un corpus propagandístico construido a base de odio racial por un minúsculo sector conservador dominicano que desde los tiempos coloniales ha manipulado al pueblo dominicano con el objetivo de fomentar la enajenación social y enemistar los dos pueblos que comparten la isla.

El discurso de recepción estuvo a cargo del historiador, Frank Moya Pons quien valoró el discurso de Miguel Reyes, calificándolo de oportuno, ya que «pocas veces en la larga existencia de esta Academia Dominicana de la Historia un nuevo miembro de número ha entregado un discurso de ingreso tan oportuno como el que acaba de pronunciar el distinguido doctor Miguel Reyes Sánchez».

Por lo tanto, «nunca un nuevo miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia ha entregado un discurso de ingreso» tan oportunista. El «distinguido doctor» al que se refiere Moya Pons es un diplomático que sigue las líneas del presente gobierno, un gobierno que promueve el racismo anti-haitiano y el nacionalismo populista, mientras violenta las vidas de personas negras incluyendo dominicanos de origen haitiano, inmigrantes y dominicanos de otras ascendencias étnicas y culturales. ¿Que dice Moya Pons al respecto?

Pero nada, la perla aparece al final de la nota de Acento, donde Moya Pons se quita la mascarilla y levanta la voz de alerta (uf, qué miedo):

Asimismo, recalca Moya Pons su preocupación por el activismo pro-haitiano y anti-dominicano que muestran algunos intelectuales locales y extranjeros, ya que «estamos frente a un movimiento intelectual e historiográfico desnacionalizador sustentado en argumentos derivados de una supuesta igualdad racial con el pueblo haitiano. Con esos argumentos intentan hacerles creer a los dominicanos que su color es más importante o decisivo para definir su identidad nacional que las evidentes diferencias culturales, sociales, religiosas, económicas y ecológicas que distinguen prima facie a haitianos de dominicanos».

Las rabietas de la derecha intelectual  

La rabieta de Moya Pons lo sitúa en el espectro del conspiracionismo de la extrema derecha local e internacional, la misma que distorsiona la realidad y los hechos históricos con el objetivo de confundir, polarizar y dividir. Surge en respuesta o reacción al impacto que ha tenido en la sociedad dominicana y en la diáspora la denuncia publica a través de intervenciones artísticas y académicas en contra de la discriminación racial, de género y orientación sexual en las ultimas décadas. Esas intervenciones han contribuido a la reconstrucción de una identidad alternativa, política y disidente en clara oposición a la ideología conservadora y eurocéntrica de las élites dominicanas.

Desde la comunidad dominicana en la ciudad de Nueva York se ha estado llevando a cabo una labor de rescate de la herencia africana y a la misma vez, se han forjado lazos de solidaridad domínico-haitiana. La trilogía del poeta y artista Diógenes Abreu sirve como ejemplo de producción contracultural y oposición a las políticas racistas del Estado Dominicano desde el exterior. Con el título inaugural Perejil: el ocaso de la «hispanidad» dominicana (2004); seguido por Engañifas: discurso intelectual y practica social (2007) y finalmente con Sin haitianidad no hay dominicanidad: cartografía de una identidad que se bifurca (2014), Abreu desmonta los discursos conservadores que sustentan la barbarie en Santo Domingo. 

Las voces de esa nueva visión o perspectiva en torno a la historia y sociedad dominicana en el país y en el exterior reúne a poetas, artistas, historiadores y trabajadores de la cultura: Maribel Núñez, Quisqueya Lora, Any Lafontaine, Aquiles Castro, Yina Jiménez Suriel, Ingrid Luciano, Johan Mijail, Aniova Prandy, Matias Bosch, Josefina Báez, Lorgia García Peña, Sophie Maríñez, Ochy Curiel, Milagros Ricourt, Amarilys Estrella, Jacqueline Jiménez Polanco, Elissa Lister, Anne Eller, Brendan Jamal Thorton, Diego Ubiera, Dixa Ramírez-D’Oleo , April Mayes, Maja Horn, Carlos Decena, Raj Chetty, Silvio Torres-Saillant, Elizabeth S. Manley y Ginetta Candelario entre otras .  

Reproducción del racismo colonial

Las palabras de Moya Pons están llenas de falacias, exabruptos y falsedades sustentadas en la ideología falangista que ve traición en los espacios de la disidencia artística, religiosa, política e intelectual, entre los que se pueden mencionar activistas de izquierda, intelectuales o espacios democráticos y colectivos disidentes. Hay una quinta columna, el enemigo interno, permanente e invisible, deformado por la tinta de los señores letrados, que solo reside en la cabeza e imaginación de Moya Pons.

Los ataques de Moya Pons a intelectuales locales y extranjeros indiscutiblemente representan una táctica que busca silenciar y censurar, poniendo de relieve ese legado reaccionario de las élites blancas colonialistas en respuesta al proyecto anti-colonialista y de emancipación encarnado en la revolución haitiana. Además, a eso se suma el legado autoritario de los regímenes trujillistas y balagueristas.  

Moya Pons vomita odio y racismo anti-haitiano cuando dice que «estamos frente a un movimiento intelectual e historiográfico desnacionalizador sustentado en argumentos derivados de una supuesta igualdad racial con el pueblo haitiano». ¿Supuesta igualdad racial? ¿Hasta dónde ha llegado?  Parece que la intención del historiador es borrar los estudios e investigaciones científicas que refutan la existencia de diferencias raciales. 

Se le olvida a Moya Pons que ese movimiento historiográfico al que alude tiene décadas de haber sido gestado. Moya Pons no menciona nombres o publicaciones porque su intención es sugerir la existencia de una conspiración al construir una narrativa imaginaria mientras promueve el pensamiento racista de las clases conservadoras en Santo Domingo.

Sound bites

Perro que ladra no muerde. Moya Pons, si el hubiera querido, podría haber refutado con lujo de detalles y desde la investigación científica, los argumentos de esa camada de «intelectuales locales y extranjeros» a los que se refiere sin mencionar nombres y apellidos.

Hubiera bastado un ensayo o una serie de ensayos indicando lo que el considera las lagunas, los errores y la desinformación de «intelectuales locales y extranjeros». Pero Moya Pons prefirió tomar la ruta mas fácil, la de la politiquería, el galloloquismo y el panfleto canalla. A corto y largo plazo, hacerle juego al gobierno es más fácil. Moya Pons es parte de un grupo de intelectuales arrodillados ante el poder por afinidad política con los postulados conservadores de la élite blanca y canalla.

Patriotas en la Academia

Abinader ha hecho del patriotismo de hojalata eje de gobierno ante los constantes escándalos de corrupción y ante la ineficacia y canallada de un gobierno pa’ lo rico, de lo rico. Es el falso patriotismo que distrae y solo sirve para embaucar y destruir solidaridades y lazos con Haití.

Intelectual culto y poseedor de la más bella sonrisa que haya ostentado historiador jamás (con excepción de la de Aída Cartagena Portalatín), Moya Pons no es solo un historiador, escritor e intelectual de mucho prestigio y admiración entre colegas y lectores (según indican nuestras fuentes) pero también un profesor universitario y educador de gran calidad humana y alto calibre. Negar su contribución a los estudios coloniales sería una injusticia. Mantener silencio ante sus rabietas racistas y reaccionarias traiciona lo justo y humano.

Moya Pons, al igual que Abinader, nunca se ha tirado un pedo por la Patria. Los dos responden al poder y el lucro.

El profesor Moya Pons es tan patriotero que guarda silencio ante la corrupción, los desalojos, las violaciones de los derechos humanos, las leyes racistas del Estado; la falta de alcantarillado y agua potable en las comunidades pobres; el robo de recursos naturales por parte de multinacionales extranjeras; la falta de políticas culturales que rescaten identidades silenciadas. ¿Dónde ha estado Moya Pons cuando la Patria de las olvidadas lo necesitan?

La retórica derechista de Moya Pons es un reflejo de la élite política a la que pertenece. Este es el verdadero Moya Pons sin mascarillas; racista, anti-inmigrante, reaccionario, clasista y falsificador de la historia.

Las ficciones de la élite no constituyen la historia de un pueblo

Anne Eller y Andrew Walker

Las ficciones de la élite no constituyen la historia de un pueblo. Una historia sólida se hace con buen ojo para los documentos que se encuentran en los archivos, honestidad, complejidad de análisis y fe en el poder de una historia bien hecha para reivindicar a quienes han sido marginados. Amor no quita conocimiento. Como expresó Frederick Douglass al querer algo mejor para los Estados Unidos, “un verdadero patriota…reprende y no excusa sus pecados”. Escribimos como dos historiadores estadounidenses preocupados por varios discursos y mensajes emitidos desde la Academia Dominicana de Historia en las últimas semanas con la intención, al parecer, de condenar y/o intimidar a historiadores extranjeros que se interesan por la historia dominicana, específicamente la historia del largo proceso de liberación durante el siglo XIX, sus vínculos con la Revolución haitiana, y el sistema de plantaciones que rodeaba a los dos pueblos e informaba el clima racial del hemisferio. Parecen entender cualquier complejidad como una especie de amenaza–y peor, extranjera–que podría debilitar la nación. Pero, ¿a quién le sirve una versión censurada y simplista de la historia?

¿Será el heroísmo de un pueblo tan frágil que no puede tolerar una sobria mirada a los que contaban con influencia política y económica en el siglo XIX? José Núñez de Cáceres resalta como ejemplo porque sobre él hay tanta mitología (y parece que cada día se fabrica más) como una figura republicana. Examinemos lo que nos dice el archivo: Núñez de Cáceres formaba parte de la clase esclavista y se esforzó en preservar la dominación racial. Luchó por mantener la esclavitud después de la revolución en el lado oeste y participó con ahínco en la represión de las supuestas conspiraciones dirigidas por personas de color libres en Santo Domingo (1). Lejos de apoyar la liberación, Núñez de Cáceres también colaboró múltiples veces con los esclavistas establecidos en Puerto Rico para perseguir a los ex-esclavizados que se habían refugiado en Santo Domingo para liberarse de su subyugación y buscar mejor vida. Negoció el arresto y tráfico de estas personas para restituirlas a sus antiguos esclavizantes en Puerto Rico (2). Cabe mencionar que Núñez de Cáceres siguió comprando y vendiendo personas en 1821 según los protocolos notariales del Archivo General de la Nación (3). Siendo estas sus prioridades, Núñez de Cáceres prefirió una invasión extranjera a la abolición inmediata de la esclavitud traída por Haití. En una carta, pidió al gobierno colombiano que invadiera Santo Domingo. Denominó a los haitianos “unos negros sanguinarios y feroces…[una] canalla.”(4).

Dejando de lado el obvio racismo de Núñez de Cáceres y otros individuos – y con él el patriotismo barato que interpreta las décadas de 1820 y 1830 como caóticas o sísmicas – los “corchos” del gobierno de esos años (es decir, la élite que pasaba de un régimen a otro) nos enseñan la necesidad de hacer historia con un ojo crítico y paciente. Las versiones simplistas de la historia de este periodo sostienen que una dominación supuestamente aterradora reinaba sobre la isla entera. La verdad es otra y requiere honestidad y un enfoque matizado.

En esas décadas, figuras como Tomás Bobadilla, José María Caminero, Rafael Rodríguez y hasta el luego muy bélico Pedro Santana pasaron hábilmente de un estado a otro, cambiando sus lealtades sin grandes aspavientos ni alharacas. Resulta que estos hombres eran los funcionarios civiles de más alto rango del estado haitiano a partir de 1822. Es curioso notar que estos mismos funcionarios participaron en concebir y promulgar las mismas reformas legislativas que según muchos comentaristas estimularon la separación posterior de la República Dominicana. Por ejemplo, José María Caminero, Tomás Bobadilla y José de la Cruz García fueron miembros de dos comisiones nombradas por el presidente haitiano Jean-Pierre Boyer cuyas recomendaciones sentaron las bases para una ley de expropiaciones de propiedades (5). Estos hombres eran de los más prominentes de la sociedad.

¿El infame Código Rural? Fue Rafael Rodríguez, como diputado, quien respaldó el proyecto del Código y exigió la ejecución de sus artículos en el interior de Santo Domingo. Frente a la cámara de diputados en Puerto Príncipe sostuvo que “todos los haitianos, tanto en el oriente como en el occidente, debemos gozar de leyes uniformes”. Concluyó exclamando que él y sus compatriotas “estamos impacientes por gozar de este beneficio” del Código Rural (6). Por su parte, Pedro Santana sacó ventaja para firmar varios contratos explotadores según los artículos del mismo Código Rural con los llamados “cultivadores”, quienes ya disfrutaban de la abolición (7). Si un/a historiador/a no admite estas complicaciones de clase e intención – o sea, si insiste en un cuento de hadas – no llega a entender la vida como era. También pierde la capacidad de leer los documentos con ojo crítico y sacrifica el rigor metodológico por una simple propaganda ideológica o nacionalista. Sería mucho mejor, por ejemplo, comparar las intenciones y experiencias de estos poderosos señores con la vida de un higüeyano promedio de esa época. En Higüey, donde las conexiones más cotidianas se daban más con Puerto Rico, el Código no llegó a ser vigente y la vida apenas cambió. Ni siquiera se aplicó en partes aledañas a Puerto Príncipe (8). Lo que si se extendió, sin mucho ruido, fue la abolición total de la esclavitud. Resulta que la realidad es mucho más interesante que la propaganda.(9).

A partir de la Separación en 1844, los mismos hombres –Caminero, Bobadilla, Rodríguez y Santana– pasaron de ser los principales arquitectos del estado haitiano en Santo Domingo a seguir sus propios intereses económicos y políticos como líderes separatistas. Tal vez por eso no se les menciona cuando el enfoque de la narrativa pasa a los Trinitarios. Su oportunismo desmiente la narrativa de una oposición ideológica. ¿La famosa confiscación de tierras de la Iglesia, por ejemplo? Santana regaló estos mismos terrenos a sus partidarios en la década de los 1840 y 1850 y nadie se escandaliza por ello (10).

¿A quién le sirve una versión más dramática, más distorsionada, más simplista y muchas veces más racista? Muchos otros han escrito sobre la utilidad de los prejuicios para distraer, y disciplinar, al público; no hay que repetir estas verdades aquí. Una versión de la historia que no admite complejidad se utiliza tanto para disciplinar y callar al público como para esconder los abusos de poder históricos. ¿Por qué censurar o intimidar a los historiadores? ¿Qué temen? ¿Por qué insistir en que la historia social es una amenaza o que no pertenece al pueblo en sí? Como el cuento de George Washington y el cerezo de su papá, los mitos sobre los grandes “prohombres” no sirven tanto como se cree. El pueblo perdurará como quiera.

Reconstruir una historia realmente ‘redentora’, o sea popular y honesta, de un pueblo requiere mucho tiempo, un diálogo colectivo, honestidad y hasta fe en el futuro. Entonces surgen otras narrativas, más sugerentes que nunca. Por ejemplo, a través de las experiencias de los que huían de Puerto Rico en busca de libertad, vislumbramos la belleza del territorio.En abril de 1837 llegaron más de diez personas, incluyendo una niña Agustina Morales de tan solo 18 meses de edad. Se habían refugiado en dos piraguas desde Mayagüez y Añasco para “buscar su libertad” en Santo Domingo “como país libre” (11). En esta misma época, llegaron numerosas piraguas y yolas conducidas por mujeres, hombres y niños que habían escapado de la esclavitud en Puerto Rico (12). Para entender la época del estado haitiano en Santo Domingo en toda su complejidad, es imperativo buscar y escuchar las voces de estas personas y no solamente las de los Trinitarios, los funcionarios o los líderes haitianos.Igualmente en décadas posteriores, se ofrece mucho material para quienes buscan rescatar ciertas voces del olvido. Por ejemplo, se puede buscar las perspectivas de las lavanderas en Puerto Plata y Santo Domingo, quienes fueron testigos íntimos de la ocupación española en la década de los 1860.

Se requiere tiempo y esfuerzo para estudiar estos episodios.Nosotros reconocemos que es un privilegio poder pasar largos periodos en múltiples archivos y realizar muchos viajes. Denunciamos la intimidación y apreciamos el privilegio de poder hablar de estas investigaciones con gente de buena fe. Estas narrativas sencillamente recuperan hilos olvidados de la historia. Los que insisten en identificar “una amenaza” a la soberanía pueden enfocarse, por ejemplo, en la política neoliberal e imperialista, la corrupción y un sinnúmero de titulares de las noticias actuales. No hay por qué censurar las solidaridades y luchas complejas del siglo XIX.

Haití y la República Dominicana “Son dos sociedades… explotadas, dependientes, y con una gran necesidad de justicia social”, atestigua Frank Moya Pons en una entrevista con el gran periodista Jean Dominique en 1975. “El destino de estos dos países siempre ha tenido una historia común, y la seguirá teniendo en el futuro”, continuó observando Moya Pons (13). También comparten un pasado que enseña que dos pueblos heroicos han tenido muchos momentos de colaboración, incluso a veces en contra de la opresión interna. Eso no es una historia “grupal”, como ha sido condenada, es la historia, punto final. Como bien saben los historiadores, las denuncias abstractas dañan el intercambio democrático de ideas. Es más, hacer historia amplia y sólida no le quita nada a nadie. Cuidado con un historiador anti-haitiano que solo te vende división porque con ese afiche pretende esconder una agenda de odio y distracción. En cambio, una perspectiva histórica que reconoce que toda la isla enfrentaba enormes desafíos en común en el siglo XIX ubica mucho mejor a los lectores deseosos de que la soberanía de ambos países dure para siempre.

Notas:

  1. Franklin J. Franco, Los negros, los mulatos, y la nación dominicana, 7a edición (Santo Domingo: Editora Alfa & Omega, 1984), 118-120; Quisqueya Lora Hugi, “El sonido de la libertad: 30 años de agitaciones y conspiraciones en Santo Domingo, 1791-1821,” CLIO182 (2011): 127-128.
  2. Teniente de Guerra José Núñez de Cáceres al Alcalde Constitucional de la Villa de Higüey, 14 de mayo de 1821, AGN-RD, Archivo Real de Higüey, Signatura 1700117, leg. 14 Azul, 1678-1826, exp. 47: Remisión de Esclavos.
  3. Venta del negro esclavo nombrado Rufino de Roxas, criollo de edad de cincuenta años, por el Señor D. José Núñez de Cáceres, Auditor de Guerra de esta Capital, a D. Francisco Abreu de este vecindario, 10 de abril de 1821, AGN-RD, Fondo Protocolos Notariales, Signatura 703695, Comprobante de Protocolo de Mariano Montolío y Ríos, Miguel Joaquín Alfau, y Bernardo de Jesús González, 1821-1896, Folio 196.
  4. Carta de José Núñez de Cáceres a Pedro Gual, 9 de abril de 1822, Archivo General de la Nación, Bogotá, Colombia (AGN-CO), Sección República, Fondo Historia, Legajo 49, Documento 83, 1822.
  5. Opinion de la Commission, chargée par S. Ex. Le Président d’Haïti de lui faire un rapport sur différentes réclamations qui ont été addressées au Gouvernement(Port-au-Prince: De l’Imprimerie du Gouvernement, 1822), Bibliothèque Nationale de France (BNF), Arsenal, 8-JO- 20555(4). No. 821: Arrêté portant creation d’une commission chargée de statuer sur les réclamations des habitants de l’Est dont les biens sont sous la main-mise de l’Etat, 22 de enero de 1823, Linstant Pradine, Recueil général des lois et actes du Gouvernement d’Haíti, depuis la proclamation de son indépendance jusqu’à nos jours, tomo 3, 1818-1823 (Paris, August Durand, 1860), 574-575; No. 894: Loi qui détermine quels sont les biens mobiliers et immobiliers, situés dans la partie de l’Est, qui reviennent à l’État, 8 de julio de 1824, Linstant Pradine, Recueil général des lois et actes du Gouvernement d’Haíti, depuis la proclamation de son indépendance jusqu’à nos jours, tomo 4, 1824-1826 (Paris, Auguste Durand, 1865), 45.
  6. Bulletin des lois, 4e Legislature, Chambre des représentans des communes, No. 3: 2e Session, julio de 1833, 3, TNA, Foreign Office 35/15.
  7. Contrato entre el Ciudadano Pedro Santana y el Ciudadano Francisco Reyes, 28 de febrero de 1827; Contrato entre el Ciudadano Pedro Santana y la Ciudadana Eugenia Soriano, 28 de febrero de 1827; y Contrato entre el Ciudadano Pedro Santana y los Ciudadanos Francisco García, Joaquina García, y Luís de Rivera, 28 de febrero de 1827, AGN-RD, Fondo Protocolos Notariales, Signatura 709315, leg. 1/2642, Protocolo Notarial de José Troncoso, Documentos 60, 61 y 62.
  8. Para los debates sobre el Código en el oeste, ver por ejemplo Jean Alix René, Le Culte de l’égalité : Une Exploration du processus de formation de l’État et de la politique populaire en Haïti au cours de la première moitié du dix-neuvième siècle (1804-1846), Tesis doctoral, 2014.
  9. Quisqueya Lora Hugi Transición de la esclavitud al trabajo libre en Santo Domingo: El caso de Higüey (1822-1827) (Santo Domingo: Academia Dominicana de Historia, 2012).
  10. Hoetink Dominican People 89.
  11. Certificación de Declaración, 12 de abril de 1837, AGN-RD, Archivo Real de Higüey, Signatura 1700123, leg. 18 Azul, 1838-1904, exp. 95; Certificación de Declaración, 13 de abril de 1837, AGN-RD, Archivo Real de Higüey, Signatura 1700123, leg. 18 Azul, exp. 96.
  12. En octubre de 1839, por ejemplo, llegaron en una yola a la playa de Yuma cinco refugiados, también de Mayagüez. Según la certificación del notario de Higüey, “la causa de haber venido fue por el mal trato y castigo que le daban sus amos”. Certificación de Interrogatorios, 10 de octubre de 1839, AGN-RD, Archivo Real de Higüey, Signatura 1700128, leg. 21, 1837-1839, exp. 84.
  13.  Frank Moya Pons, «La Dominación Haitiana»  con Jean Léopold Dominique. 20 de enero de 1975. https://repository.duke.edu/dc/radiohaiti/RL10059-RR-0072_01 .

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