Amaury Rodríguez
La Revolución de Abril de 1965 en la República Dominicana formó parte de un patrón más amplio de revoluciones y revueltas anticoloniales a nivel mundial que surgieron en las décadas de 1950 y 1960, situándola junto a los puntos de inflexión de la época que representaron la lucha anticolonial en Vietnam, la Revolución Cubana y la Guerra de Independencia de Argelia.
Con su mezcla de espontaneidad y planificación político-militar, la revolución dominicana dejó una huella perdurable a pesar de su trágica derrota a manos del poder estadounidense. Una de las consecuencias de la derrota fue la consolidación de fuerzas derechistas y anticomunistas bajo la tutela de Washington, lo que allanó el camino a una dictadura de doce años bajo el mandato de Joaquín Balaguer. El régimen contrarrevolucionario de Balaguer encarceló, torturó y asesinó a miles de revolucionarios, sindicalistas y campesinos; abrió el país a la inversión en megaminería; y consolidó el carácter antidemocrático y proimperialista del Estado dominicano, que perdura hasta nuestros días.
Ante la hegemonía de la extrema derecha en la sociedad dominicana, urge la solidaridad internacional para enfrentar al presidente Luis Abinader (lacayo de Washington) y su agenda ultra-reaccionaria. Al reflexionar en torno a la revolución de 1965, podemos encontrar enseñanzas valiosas que nos pueden orientar en el contexto político actual. Los puntos aquí presentados buscan ampliar el debate sobre la revolución dominicana y ofrecer una reevaluación de su legado radical seis décadas después.
En un principio, la Revolución de Abril, liderada por jóvenes oficiales radicalizados, tenía un carácter democrático, cuya única demanda política era el restablecimiento del orden constitucional interrumpido por el golpe militar respaldado por Estados Unidos que derrocó al gobierno reformista del presidente Juan Bosch, elegido democráticamente en septiembre de 1963. Pero el carácter de la revolución democrática pronto se transformó en una revolución popular anti-imperialista tras la invasión estadounidense el 28 de abril, cuatro días después del inicio de la revolución. El vertiginoso ritmo de los acontecimientos convirtió la consigna democrática inicial de “¡Retorno de Bosch y de la Constitución de 1963!” en el resuelto y potente grito popular: “¡Yanqui Go Home!”.
La agresión de Washington alteró la situación en el terreno político al transformar la revolución democrática en una guerra de resistencia antiimperialista en defensa de la soberanía dominicana y, en el proceso, la revolución unificó a los sectores populares y a algunos segmentos de la clase media; despertó la conciencia política y, en última instancia, profundizó el sentimiento antiimperialista más allá de América Latina y el Caribe.
La revolución de 1965 fue la culminación de un breve y tumultuoso período marcado por la lucha de masas que comenzó en 1961 tras la caída de la dictadura de Trujillo. De 1961 a 1964, surgieron oleadas de movilizaciones obreras y estudiantiles. Además, el fallido levantamiento guerrillero de noviembre de 1963, encabezado por el Movimiento 14 de Junio, con el objetivo de derrocar al régimen golpista, demostró la validez de la movilización de masas frente a la guerra de guerrillas y tácticas alejadas de la realidad concreta como el foquismo.
Por primera vez en tres décadas el pueblo dominicano entró con toda su fuerza al escenario de la historia. La revolución creó espacios democráticos para los sectores marginados y oprimidos de la sociedad que rápidamente se convirtieron en actores políticos de pleno derecho en la construcción de la historia. Entre algunos de los estratos más combativos de la sociedad que participaron en la revolución se encontraban diferentes sectores de la clase trabajadora: mujeres, personas afro-dominicanas, personas LGBTQ+, estudiantes y chiriperos (trabajadores informales).
La Revolución de Abril resquebrajó al antiguo ejército de Trujillo creado por las tropas de ocupación estadounidenses durante la primera ocupación militar (1916-1924). El repentino estallido del poder popular y las subsiguientes derrotas militares de los golpistas dieron lugar a un escenario político sin precedentes que generó profundas divisiones internas en el ejército y la policía. Un sector militar se alineó con la causa revolucionaria, mientras que el otro se posicionó abiertamente a favor del imperialismo estadounidense. Este nuevo acontecimiento asestó un duro golpe a los remanentes del régimen de Trujillo, cuyo ejército estaba al borde del colapso, lo que provocó alarma en Washington donde el presidente Lyndon B. Johnson, del Partido Demócrata, ordenó la invasión militar estadounidense para evitar el surgimiento de “otra Cuba”.
Una de las debilidades más significativas de la revolución fue su incapacidad para extenderse más allá de Santo Domingo, la capital del país. Aunque hubo algunos intentos de esparcir la revolución a las regiones del norte, por ejemplo a San Francisco de Macorís donde las fuerzas golpistas repelieron rápidamente los esfuerzos insurreccionales, los revolucionarios no lograron extender la revolución al resto del país, y en particular, al campo. Una de las razones por las que la revolución no se extendió fue el atraso político de las zonas rurales que carecían de la experiencia política de los habitantes urbanos. Además, en algunas zonas rurales como en San Juan de la Maguana, la población temía represalias, ya que el recuerdo de la masacre de Palma Sola de 1962, perpetrada por el gobierno provisional del Consejo de Estado, aún estaba muy presente.
A diferencia de la Revolución Cubana, los trabajadores de sectores clave de la economía, como la industria azucarera, no tuvieron ningún papel. Hubo dos razones: la falta de sindicalización entre los trabajadores y la debilidad política del movimiento obrero debido a la represión estatal durante el régimen proto-fascista (1930-1961) del dictador Rafael Trujillo. Además, el sistema de segregación racial y laboral instaurado por los magnates azucareros a principios del siglo XX, en complicidad con las tropas de ocupación estadounidenses y el régimen de Trujillo, contribuyó al aislamiento de los trabajadores de la caña de azúcar de origen haitiano, quienes representaban un amplio sector de la clase trabajadora dominicana.
La formación de milicias populares (los comandos populares) fue clave para sostener la revolución. En la práctica, los comandos populares desempeñaron un papel esencial en la capacitación militar de civiles, la distribución de armas, la alimentación de la población, la atención médica a los heridos, la difusión de propaganda revolucionaria, el mantenimiento del control local y el fomento de la participación democrática. Las milicias populares reunieron a civiles, soldados, artistas, estudiantes, intelectuales y trabajadores. De hecho, una de las milicias populares más destacadas fue la de POASI (Sindicato de Trabajadores Portuarios de Arrimo). Los comandos populares eran órganos de autogobierno popular, expresión del doble poder revolucionario creado por la revolución.
La revolución y la resistencia antiimperialista revelaron el potencial de solidaridad entre haitianos y dominicanos, quienes hasta el día de hoy comparten una isla dividida hace doscientos cincuenta años por España y Francia, potencias imperialistas europeas. Por un breve tiempo, la revolución frenó el virulento racismo antihaitiano promovido por el brutal régimen de Trujillo.
Tras la caída de la dictadura de Trujillo, un número considerable de exiliados haitianos opuestos al dictador François Duvalier entraron a territorio dominicano. Al inicio de la revolución de 1965, estos exiliados políticos haitianos se unieron a la causa revolucionaria y formaron una milicia popular. Con la esperanza de extender la revolución a Haití y derrocar al régimen de Duvalier, los combatientes internacionalistas haitianos se hicieron legendarios por su destreza militar y valentía.
Si bien la izquierda revolucionaria y la clase trabajadora desempeñaron un papel importante durante la revolución, los principales líderes provenían de los sectores de la clase media. Entre ellos se encontraban el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, líder militar de la revolución, sectores democráticos del populista Partido Revolucionario Dominicano (PRD) así como elementos radicalizados de la franja social- cristiana.
La amplia solidaridad internacional con el pueblo dominicano fue vital para levantar la moral de los combatientes revolucionarios y detener la campaña imperialista de Washington. En 1965, las protestas antiimperialistas llegaron a todos los rincones del mundo: Ciudad de México, Nueva York, Buenos Aires, Caracas y París, donde millones de personas se movilizaron para expresar su ira y oposición a la criminal violencia imperialista desatada tanto en Vietnam como en la República Dominicana.
Publicado originalmente en New Politics.