Por Enrique Larancuent
El día 23 de junio será recordado como el inicio de un nuevo ciclo político adverso al dominio del establishment del Partido Demócrata en la ciudad de Nueva York. Partiendo desde una plataforma progresista, pro-inmigrante, enfocada en solucionar la crisis del sistema de salud y la vivienda, y a la izquierda de la vieja guardia del Partido Demócrata, la irrupción de los socialistas democráticos en el terreno electoral ha tenido un impacto arrollador a nivel nacional. Tanto la prensa liberal como la conservadora concuerdan en que el avance de la izquierda reformista ha sido un terremoto político con consecuencias de corto y largo plazo en la política local y nacional. Los sectores derrotados han sido el AIPAC (organización de cabildeo sionista), la extrema derecha y los políticos neoliberales.
El clima político en los Estados Unidos puede resumirse como contradictorio, de avances y retrocesos: por un lado hay un avance de la extrema derecha y el neofascismo. Y por otro lado, existe mucha movilización política progresista y de izquierda en repudio a las redadas de la migra y el genocido en Gaza. El activismo pro-palestino le ha dado impulso a la izquierda, mientras que la imagen del liberalismo tradicional ha sufrido un gran revés a causa del genocidio sionista, dada la complicidad de Joe Biden, Kamala Harris, Gavin Newsom y la mayoría de los congresistas y senadores demócratas con el armamento de Israel. Esa crisis de los liberales ha beneficiado en gran medida a los sectores de la izquierda reformista como el DSA, que cada vez ocupan mayor espacio en el partido Demócrata. DSA es una organización que atrae votantes de izquierda pero también liberales-reformistas que no aún no rompen con el partido Demócrata o el sistema capitalista. Dentro de DSA confluyen varias tendencias, desde reformistas que empujan a más colaboración de clase a través del Partido Demócrata a sectores que se autoproclaman revolucionarios socialistas, quienes alegan es importante organizar dentro de lo que hoy se ha convertido la organización de izquierda más grande con 100,000 miembros a nivel nacional.
Derrota del sionismo
Las derrotas de varios candidatos pro-sionistas del establishment del Partido Demócrata por candidatos demócratas de centro-izquierda como Brad Lander, aliado del alcalde socialista democrático Zohan Mamdani, y candidatos de DSA, han encendido las alarmas en los sectores tradicionales del partido atrapalotodo del ala liberal de los Estados Unidos.
Más allá de un simple recambio de nombres, el resultado representa un evidente giro electoral hacia la izquierda y consolida una tendencia en alza: la creciente oposición, especialmente entre la juventud, al sionismo dentro de las bases del Partido Demócrata. Entre los candidatos derrotados figuran Dan Goldman, un acaudalado congresista sionista heredero de la fortuna de la familia Levi Strauss, quien enfrentó al demócrata Brad Lander, sionista liberal pero a la misma vez un crítico del genocidio en Gaza, dándole su apoyo a las acampadas estudiantiles y a las protestas en apoyo al pueblo palestino. Además, dos candidatos de origen dominicano que recibían apoyo de los sectores sionistas sufrieron cruentas derrotas en las primarias: el joven político Antonio Reynoso, quien recibía dinero del AIPAC y Adriano Espaillat, otro político cuya campaña fue financiada por el sionismo. La derrota de Espaillat fue la más inesperada por haber contado con el respaldo financiero y político de sectores sionistas, la extrema derecha estadounidense y círculos de poder vinculados a la derecha dominicana, incluyendo el gobierno trumpista de Luis Abinader. Pese a la campaña racista en contra de Darializa Ávila Chevalier, también de origen dominicano y militante del DSA, Espaillat no logró contener el avance de una corriente que exige un cambio de rumbo. La campaña racista fue denunciada por la izquierda e incluso por la prensa burguesa, como el New York Times.
Los sionistas perdieron a pesar de haber contado con el apoyo de la burocracia sindical. La derrota de los candidatos del establishment también es una derrota de esa dirigencia sindical, conservadora y cómplice del sistema. En las elecciones legislativas de noviembre, las cuales se podrían convertir en un referéndum en rechazo a las políticas trumpistas, candidatos pro-palestinos y de izquierda enfrentarán a la maquinaria del derechista Partido Republicano.
La irrupción de la izquierda reformista está teniendo un gran impacto a nivel nacional. Una semana después del terremoto político en Nueva York, en el estado de Colorado la candidata al Congreso del DSA, Melat Kiros de 29 años de edad, derrotó a la congresista Diana DeGette, fulminando, con un discurso pro-pralestino y progresista una carrera política de 30 años.
El avance del DSA es importante porque abre un nuevo espacio político a la izquierda del Partido Demócrata y refleja un proceso de movilización y organización de una franja de la juventud que se ha politizado en los últimos años. Pero las contradicciones del DSA y sus candidatos no se pueden pasar por alto. Primero, porque la estrategia de utilizar el Partido Demócrata para postular candidatos socialistas democráticos termina rehabilitando la imagen de un partido imperialista y genocida, como lo es el partido Demócrata. Además, los candidatos del DSA que operan dentro del partido Demócrata han sido históricamente inconsecuentes con la causa palestina cuando llaman a votar por políticos como Biden y Harris, que apoyaron el genocidio del pueblo palestino, o directamente votan por “armamento defensivo” para Israel, como lo han hecho Alexandria Ocasio Cortez y Bernie Sanders. Segundo, porque el Partido Demócrata nunca ha sido un partido socialdemócrata o de la clase obrera, más bien se ha aprovechado de la debilidad de la izquierda para atraer a sectores progresistas que luego terminan capitulando a la colaboración de clases y a la imposición de políticas anti-obreras y pro-imperialistas, so pena de ser marginados y excluidos del aparato.
Si desde DSA se quiere construir una alternativa política al partido Demócrata, lo correcto sería llamar a una ruptura y construir una organización independiente de los dos partidos de la burguesía imperialista estadounidense.
DSA y las nuevas generaciones tienen que tomar en cuenta que la estrategia electoral con el Partido Demócrata tiene limitaciones y ha sido puesta a prueba durante décadas, sin éxito para lograr cambios políticos a nivel nacional. La experiencia de la candidatura progresista del fenecido reverendo y activista afro-americano Jesse Jackson en la década de los años 1980s dentro del partido Demócrata terminó en derrota para muchos sectores de la izquierda que se integraron con la intención de influenciar y cambiar la dirección del partido.
El ascenso de Zohran Mamdani
Tras la victoria de los socialistas democráticos, la figura de Zohran Mamdani ha emergido como un actor político clave y un estratega central dentro de la política neoyorquina y el propio aparato demócrata. Su consolidación no ha estado exenta de pragmatismo. En un esfuerzo por mantener la gobernabilidad y enviar una señal de distensión, Mamdani ha optado por un tono conciliador y por no remover de su cargo a la jefa de la policía de Nueva York, una figura abiertamente alineada con el sionismo.
Mientras la popularidad del Presidente Donald Trump va en caída, la popularidad de Mamdani va en ascenso al implementar programas que buscan aliviar los efectos de la crisis económica en los sectores empobrecidos y explotados. Recientemente, la administración de Mamdani obtuvo una victoria en contra de los arrendadores y dueños de edificios al poner en marcha un programa de congelación de alquileres por un período de dos años.
Contraofensiva del ‘establishment’ demócrata
Como era de esperarse, el avance de DSA ha desatado una feroz contraofensiva por parte del ala conservadora del partido. Figuras de la vieja guardia como el estratega clintonista James Carville, junto a varios senadores, han salido al ataque para intentar frenar la influencia de la izquierda.
La presión llega desde distintos frentes: políticos conservadores como el senador demócrata John Fetterman —cada vez más alineado al trumpismo y fanático de Israel— han instado abiertamente a los socialistas a abandonar las filas demócratas y fundar su propio partido político.
Otros sectores del establishment Demócrata han optado por la vía ideológica. Luego de la derrota en las elecciones primarias, un grupo de congresistas demócratas lanzaron un manifiesto que reafirma el carácter estrictamente capitalista del partido Demócrata y repudiando cualquier programa socialista.
Ruptura generacional
El éxito electoral del DSA no es un fenómeno que aparece de la noche a la mañana. El avance electoral de los socialistas democráticos responde a una profunda ruptura política y generacional en las bases demócratas respecto a la política exterior de la Casa Blanca, particularmente su relación histórica con Israel.
Este cambio político dentro de las filas del electorado demócrata es el resultado de décadas de activismo pro-palestino en las universidades, en las recientes acampadas estudiantiles y un repudio generalizado entre los votantes jóvenes del genocidio en Gaza. La derrota de figuras tradicionales es el síntoma de una base electoral que ya no está dispuesta a firmar cheques en blanco. Pero eso no es suficiente: los sectores dentro del DSA que se autoproclaman revolucionarios y socialistas deben aprovechar el impulso político y pugnar por la ruptura; urge construir una alternativa política de izquierda que de la lucha no solo en el terreno electoral, sino sobre todo en las calles, en las universidades y los centros de trabajo. Estos procesos ya están ocurriendo, como lo evidencia la lucha contra ICE y contra el genocidio sionista, es el momento de dar la pelea por concretar una expresión organizativa nacional para ese movimiento que actualmente es canalizado electoralmente por DSA, rompiendo con el partido Demócrata para que no continúe siendo el “cementerio de los movimientos sociales”.