El Día Internacional de la Mujer Comunista

Clara Zetkin

Nota de MST-RD.org: Artículo de la dirigente socialista Clara Zetkin publicado originalmente en Correspondencia de Prensa Internacional, Vol. 2, No. 18, el 8 de marzo de 1922. Publicado por Marxists.org y traducido al español por MST-RD.org. La fotografía corresponde a la movilización del 8 de marzo de 1917 en San Petersburgo, Rusia, un 23 de febrero según el calendario juliano, protesta que desencadenaría la Revolución de Febrero.

Torrentes de entusiasmo acogieron la moción de nuestras camaradas búlgaras y la resolución de la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas en Moscú, de celebrar el Día de la Mujer en todo el mundo el 8 de marzo, día que anteriormente sólo era observado por las camaradas rusas. Los corazones latían desenfrenadamente, los ojos tenían una mirada lejana, y la voluntad de hacer se alzaba intrépida. La memoria se remontó al hecho de que fue la gigantesca manifestación de las mujeres proletarias de Petrogrado por la paz y la libertad la que, el 8 de marzo de 1917, dio paso a la Revolución Rusa. El conocimiento y la voluntad de las 82 representantes de las mujeres comunistas de 28 nacionalidades las convirtieron en un gran cuerpo unificado y resuelto. Nuestro Día Internacional de la Mujer de este año debe convertirse en un gigantesco reclutamiento de las amplias masas al comunismo y debe ser un irresistible grito de guerra contra el orden burgués y por la toma del poder por el proletariado. Debe demostrar que los comunistas no sólo queremos sino que podemos, podemos actuar. Ahora es el momento de hacer nuestro juramento silencioso, pero vinculante, para convertir el testamento en un acto vivo.

La hora actual nos obliga a ello. Lo que los capitalistas inician en un país, a nivel nacional, lo continúan a nivel internacional: el esfuerzo por restablecer y fortificar para todos los tiempos la economía capitalista desgarrada y decaída a causa de la guerra mundial y sus secuelas. No por la fortaleza de este sistema económico histórico. No, en efecto. Simplemente a costa de la explotación sangrienta y la esclavización más rigurosa del proletariado, del pueblo productor.

La burguesía de todos los países ha demostrado durante su guerra imperialista y en los años posteriores que no tiene ni la capacidad ni la voluntad de conducir y gestionar para el bien general las fabulosas fuerzas de producción que se han desarrollado bajo su dominio. Sólo puede paralizarlas y descuidarlas mediante la miseria de las crisis y los crímenes de la guerra, y llevarlas a la destrucción y la ruina. El capitalismo no puede, como el ave fénix tradicional, resurgir de las llamas y las cenizas de la guerra mundial hacia una nueva vida, rejuvenecida. Es débil a la hora de encadenar el caos que ha desatado, pero es realmente impotente para hacer florecer de las ruinas una nueva existencia material y cultural más elevada para todos. Todavía puede seguir por el camino de la monotonía, con el resultado de que transformará a una minoría de millonarios en multimillonarios, a ociosos satisfechos y sobrealimentados con la cultura y el pan y a trileros con méritos científicos, artísticos y sociales en degenerados despilfarradores.

El avance hacia el abismo, no puede ser detenido por las reuniones de la tribu diplomática, los políticos, los capitanes de la industria y los reyes de las finanzas, con sus zumbidos y susurros, con los falsos tratados secretos y sus puños cerrados contra la clase obrera. Seguirán siendo reales a pesar de las profecías de aquellos cansados y temerosos de la revolución, que no ven en el horizonte histórico más que un renacimiento del capitalismo y su orden. Al igual que nadie puede saltar por encima de su sombra, el capitalismo es incapaz de balancearse por encima de los límites de su existencia. Su maravillosa y conocida «adaptabilidad» a formas superiores de organización se ha hecho añicos en su naturaleza irreductible de economía individual y anárquica de la ganancia privada. La hora histórica del capitalismo ha pasado. Debe ceder al socialismo y al comunismo, cuyos requisitos previos se han generado en su propio seno.

Esta seguridad no es una fe dichosa, sino un conocimiento inquebrantable y científicamente fundamentado de los hechos sociales, sus asociaciones y las leyes de la evolución. En medio de las terribles angustias y de las amargas luchas de la época, esta seguridad dará al Día Internacional de la Mujer Comunista una fuerza infalible y un ardiente entusiasmo que atraerá y reclutará a las masas. Forjará la voluntad inquebrantable de millones de personas para luchar y derrotar al capitalismo y allanar el camino al comunismo. Porque esta voluntad, y sólo esta voluntad, puede patear hacia la tumba al capitalismo cuyo proceso de descomposición llena el aire de bacilos venenosos y pútridos, y del nauseabundo aliento de la pestilencia. Si falta esta voluntad activa y abnegada, entonces el capitalismo puede vegetar más ampliamente, aunque la historia lo haya sentenciado. El precio de esto lo pagarán los esclavos asalariados explotados y oprimidos, las clases productoras gravadas y dominadas por fuera de las filas de los Junkers, los capitanes de la industria, los gobernantes de la bolsa y sus hermanos ilegítimos pero sin embargo naturales, los especuladores y aprovechados. Y este precio quedará registrado en la historia con sangre y lágrimas, como una derrota aplastante, la destrucción y la muerte de ejércitos proletarios enteros.

Las mujeres comunistas eran conscientes de todo esto cuando adoptaron su resolución en Moscú por el Día Internacional de la Mujer. Hoy son conscientes, con mayor claridad y mayor poder de resolución, de cómo preparar esta manifestación. El Día Internacional de la Mujer Comunista debe responder también a la cuestión del destino que se plantea, lleno de responsabilidad y sacrificio, pero sin embargo esperanzado y bendecido, ante los hombres y mujeres de las clases productoras de todos los países: ¡satisfacción paciente y humilde con el capitalismo sucio y sangriento, o lucha decidida e inexorable por su destrucción! La respuesta a esta pregunta debe ser clara y nítida, sin evasivas de «peros», y millones de mujeres y hombres deben responderla.

La liberación de la clase trabajadora sólo puede ser obra de la propia clase; sin embargo, ésta nunca podrá realizar esta gigantesca y terrible obra de la historia si está dividida en dos mitades por la distinción de sexos. Así como los hombres y las mujeres del proletariado están unidos en cuerpo y alma en su aplastante vida de miseria, también deben unir un odio ardiente al capitalismo con una voluntad más confiada y más audaz de luchar por la Revolución. El Día Internacional de la Mujer Comunista no debe ser sólo una manifestación de mujeres en ningún país o ciudad. Debe ser en todas partes la expresión de la voluntad y el trabajo de todo el Partido Comunista. Éste debe apoyar nuestro Día de la Mujer con toda su fuerza física y moral. La fuerza, el carácter, el tenor, el objetivo de nuestro Día de la Mujer deben hacer que su necesidad sea tan aparente y evidente como la existencia de todo partido de la Tercera Internacional.

¿Nos atrevemos a olvidar que somos comunistas? ¡El comunismo nos une! Nuestro lugar está en la lucha contra el monstruo capitalista, en el trabajo y la lucha por el lejano edificio lleno de sol del comunismo, en el que todos encontrarán un hogar de la mayor humanidad, tanto los hombres como las mujeres, al igual que en la lucha por la humanidad completa debemos luchar por las cosas que conciernen a los hombres al igual que las que conciernen a las mujeres. Ante nuestros pensamientos y voluntades se encuentra una gran reunión de millones de todos los explotados, los esclavizados, los que sufren y los oprimidos y la única gran y sublime causa común que llama a la lucha. Aquí el proletariado que anhela una vida más plena, allí la burguesía que anhela el oro y el poder. Aquí el socialismo. El comunismo desarrolla a las personas como creadoras y disfrutadoras de la cultura, en seres humanos perfectos y felices; allí el capitalismo utiliza a las personas como material para obtener beneficios, las mancilla, rebaja su nivel de vida, las lisia y las tritura. Con esta convicción, el Día Internacional de la Mujer es para ganar a las amplias masas para la lucha en la causa del comunismo. ¡Hombres y mujeres sin distinción! El recuerdo de la gloriosa gesta de las obreras de Petrogrado del 8 de marzo, ondeará sobre nuestro Día de la Mujer como una bandera flameante que señala el camino y enciende nuestro valor. Además, como fuerza de reclutamiento para el Partido Comunista de cada país, para el comunismo, para la Tercera Internacional, la manifestación continuará durante la semana del 5 al 12 de marzo. Porque se trata de llevar la chispa del pensamiento por la que se enciende el acto de emancipación hasta las profundidades y hasta el más remoto rincón habitado por personas cuya humanidad es triturada por el capitalismo en su molino de ganancias.

Con este objetivo, nuestra manifestación hablará con voz descarada de los sufrimientos y del destino de innumerables mujeres. Hablará también de los trabajos incansables y de la amarga pobreza, de los cuidados que consumen y de la miseria, de la injusticia y de los ardientes anhelos insatisfechos, del brutal poder obstinado de los hombres y de la inflexible, audaz y desafiante voluntad revolucionaria de los explotados y de los pequeños. El capitalismo no se pega a los talones de la mujer trabajadora desde el gris amanecer de la mañana hasta altas horas de la noche, para exprimir de su carne y de su sangre -y de ella a menudo con doble crueldad y falta de escrúpulos- las riquezas con las que desea pagar sus estragos en la guerra mundial y su futura existencia destructiva.

El aumento del costo de la vida, intensificado por la especulación y los elevados impuestos, le arranca el trozo de pan seco a la mujer de la boca. Sus ingresos o los del marido disminuyen y ninguna destreza, ninguna habilidad la protege del desempleo. La jornada laboral se alarga, la carga, la tortura y el peligro del trabajo aumentan. Los empresarios, insolentes y desafiantes bajo la protección del Estado, destruyen el precario comienzo de la protección legal para la mujer proletaria asalariada, para los niños, los hijos e hijas a medias de la clase productora. El capitalista explotador quiere mantenerse en el mercado y exige mayores beneficios. Pisotea insensiblemente toda consideración del hecho de que la mujer que trabaja continuamente, el ama de casa del obrero de la fábrica, del funcionario, del obrero manual y del pequeño agricultor, es una esposa, una madre y una persona. Y, bajo esta sagrada hambre de oro del capitalista individual se encuentra hoy la conciencia de toda la clase capitalista de que está en juego la existencia de su poder explotador y dominante.

Por lo tanto, dinero en abundancia para proteger y apoyar este poder con bayonetas y ametralladoras. Por otro lado, si se trata de hacer provisiones para la madre y el hijo, o de instituciones y medidas sociales que faciliten la suerte del ama de casa y madre oprimida, cuyos deberes se duplican y triplican; pobreza absoluta. Por un lado, en nombre de la democracia, hay un privilegio y un fortalecimiento del poder para los ricos, aunque ellos, como zánganos, obstaculicen a la sociedad. Por otra parte, hay una retención de derechos políticos y sociales para las mujeres trabajadoras, que con manos y cerebros promueven el bienestar y la cultura de la comunidad. Atada también por las cadenas de la esclavitud sexual, la suerte de la mujer trabajadora, como víctima de la esclavitud de clase, es doblemente dura. Y, si a pesar de ello se atreve a levantarse contra esta esclavitud, si su hermano de clase se levanta, entonces la comunidad burguesa, con la ayuda del Terror Blanco, busca dar muerte a su justicia de clase y al Terror Rojo de su ejército de clase.

Tales son los efectos del capitalismo moribundo, que lucha desesperadamente contra su muerte, que dictan las consignas de nuestro Día de la Mujer. Comienzan con la exigencia de medidas inmediatas y decisivas para el abaratamiento y la seguridad de las necesidades de la vida, hasta que llegue el momento del control de la economía por parte de consejos de trabajadores libremente elegidos sin distinción de sexo. Después de haber comenzado con la exigencia de plenos derechos políticos y sociales para las mujeres y una protección social eficaz para ellas, termina con un llamamiento a la amnistía ilimitada para todos los combatientes revolucionarios, hombres y mujeres. Una u otra cuestión de la vida proletaria se utiliza como punto de partida o, si no, se enfatiza muy fuertemente en cada país, según las circunstancias existentes. En todos los países, sin embargo, las demandas individuales deben combinarse en una poderosa y confiada voluntad de luchar por la toma del gobierno a través del proletariado, y por el establecimiento de su dictadura en las líneas soviéticas. En las tierras de los vencidos y de los vencedores, así como en los llamados países neutrales, el capitalismo ya no castiga con los látigos de su primacía sino con los escorpiones de su decadencia. Los sufrimientos de la clase productora de una nación se convierten en el dolor de las demás. Esto desarrolla y fortalece la determinación revolucionaria internacional de luchar, y el grito de guerra revolucionario internacional: «¡Abajo el Minotauro, el devorador de hombres!» Nuestro Día de la Mujer Comunista debe desarrollar esto. La solidaridad internacional de los oprimidos y hambrientos de todos los países exige imperiosamente en la actualidad una expresión tangible: una ayuda abnegada y fraternal para los hambrientos y amenazados por la muerte en la Rusia soviética. Los imperialistas de Francia e Inglaterra exigen como botín de guerra una tremenda parte de la riqueza que los capitalistas alemanes arrancan al proletariado. Como compensación, quieren que Stinnes y Rathenau participen en el bien planificado saqueo y desmembramiento de la Rusia soviética. Ésta se convertirá en una colonia para la inagotable explotación del capitalismo mundial bajo la dirección alemana. El odio mortal hacia el único estado proletario del mundo, impregna a los ávidos de oro y poder, y al clan internacional de explotadores ávidos de vidas. ¿Puede este Estado vivir, puede desarrollar sus jóvenes fuerzas, si el edificio que se resquebraja y revienta del capitalismo mundial sólo puede cimentarse con la sangre y el sudor de millones de seres miserables, si sólo puede sostenerse con los huesos de los que han sido destruidos? ¿No es su mera existencia una advertencia no silenciada a los esclavizados para que se desprendan del yugo de sus hombros heridos y de sus almas destrozadas?

Los obreros y los campesinos de la Rusia soviética han realizado hazañas inmortales en la lucha heroica y el martirio silencioso. Solo, debilitado por la guerra civil, atacado por los enemigos internos, el país no pudo en cuatro cortos años borrar la herencia criminal del zarismo y del capitalismo y suplir la falta de desarrollo económico y cultural, que ha permanecido inmóvil durante siglos. Y necesitaba aquello que acelerara y facilitara la construcción de una vida nueva y más plena, la colaboración con otros estados proletarios en los que la revolución social haya desencadenado gigantescas fuerzas de producción. La Rusia soviética se vio obligada a reanudar las negociaciones con el capitalismo, que desea desarraigar su gobierno. Esta acción no fue un fruto amargo de los «malos errores» de su partido gobernante y revolucionario, sino mucho más la culpa de los proletarios de otros países, sobre todo de Alemania, que no se atrevieron a pensar y luchar por la libertad.

El capitalismo que ha sido admitido en la Rusia soviética debe seguir siendo el siervo bien pagado del proletariado y de su república, y nunca debe convertirse en el amo o el gobernante. El poder sigue estando en manos de los soviéticos y debe permanecer con ellos. Proletarios del mundo entero, pagad vuestra tremenda deuda con vuestros hermanos rusos. Y vosotras, mujeres productoras del mundo entero, ¡haced lo mismo! ¿No es la Rusia soviética el único país que reclama y reconoce el trabajo de la mujer en todos los campos, que protege y valora socialmente la maternidad, en la que la esposa es una ciudadana y se le reconoce la igualdad de derechos? ¡Manos fuera de la Rusia soviética! ¡Despejen el camino para la Rusia soviética! ¡Adelante con el desarrollo enérgico de la Rusia soviética! Este llamamiento a la lucha contra la burguesía que busca el botín en todos los países debe extenderse desde nuestro Día Internacional de la Mujer por todo el mundo.

Las corresponsales internacionales de los partidos comunistas de muchos países europeos, en una conferencia general con las representantes del secretariado de la mujer de la Tercera Internacional, les consultaron sobre la realización del Día de la Mujer. En sus decisiones estuvieron de acuerdo con las órdenes de la Tercera Internacional. No puede ser, no debe ser. El Partido Comunista de cada país puede y debe dedicar todas sus fuerzas al éxito de nuestra manifestación.

El Día Internacional de la Mujer Comunista comienza el 5 de marzo, cumpleaños de Rosa Luxemburgo. La obra de la vida y el buen ejemplo de la intrépida y genial inmortal cuyo cuerpo fue mutilado por manos asesinas, pero cuyo espíritu vive inmortal entre nosotros, será una columna de fuego para iluminar y mostrarnos el camino. El 8 de marzo es el día en que las mujeres hicieron sonar la campana de la Revolución Rusa en 1917. La manifestación de voluntad, la unión decisiva a la lucha del proletariado internacional debe ser la respuesta a Génova, la manifestación de la contrarrevolución internacional. Y las mujeres lucharán con honor y gloria en las primeras filas del frente unido revolucionario. Su Día Internacional debe construir una fuerte fuerza armada proletaria contra los intrigantes contrarrevolucionarios del poder capitalista y sus lacayos políticos. Las mujeres ayudaron a preparar el camino del cristianismo y a llevarlo al poder. Las mujeres llevaron al Rey y a la Asamblea Nacional de Versalles a París el 5 y 6 de octubre de 1794, el cortejo fúnebre de la monarquía absoluta y del estado feudal, y el cortejo triunfal de la Revolución. Las mujeres, el 1 de marzo de 1871, impidieron el robo de la artillería parisina por parte de los guardias blancos de Thiers, y dieron la señal para la Comuna. Nuestros duros tiempos, en los que están en juego la libertad y hasta la más mínima existencia para el proletariado de todos los países, nuestro gran período en el que la reacción y la revolución mundiales se preparan para el conflicto armado, ¡no deben encontrar ningún sexo femenino insignificante, ninguna ilusión y ningún corazón temeroso y pusilánime! ¡Preparémonos para la lucha! ¡Vayamos a la lucha con entrega y sin miedo!

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