La primera ciudad racista de América

Editorial de La Voz de los Trabajadores

El documental Santo Domingo: Primera de América es un fracaso estético, historiográfico y hasta técnico. Pese a su alto presupuesto, provisto por un banco privado, la versión que ofrecieron en su estreno fue un trabajo inacabado, con problemas de edición. Al pasmoso ritmo del film se agregan los textos reiterativos. A la deficiente sincronización en el doblaje se agrega la superposición del narrador en off y las dramatizaciones, tornando los audios ininteligibles. La música, plagada de clichés, empobrece aún más el discurso audiovisual. La conjunción de todos estos factores es soporífera. Solo un elemento mantendrá despierto, a fuerza de indignación, al espectador atento: la perspectiva política del documental.

La ciudad de Santo Domingo es un personaje que narra su historia en primera persona. Este recurso, un tanto infantil, no deja de generar interrogantes de interés: Santo Domingo, ¿a quién le toma prestada la voz para narrarse a sí misma? ¿Desde dónde se mira a sí misma? Esto es preguntarse: ¿cómo, desde qué lugar se insertan los narradores en la ciudad y en la historia de la que ella es resultado?

Racismo contra los indígenas

No es un detalle menor que la ciudad-narradora considere que la llegada de los invasores españoles sea un “descubrimiento” con el que “comenzó todo” y nace un “nuevo mundo”, en virtud del cual “por primera vez tuvimos una noción del mundo”. Se desprende que la ciudad-narradora, que es la ciudad actual repasando la historia, sigue siendo lo que fue, una ciudad española. Santo Domingo, preexiste a los españoles incluso. Por eso puede narrar la llegada de éstos a “sus costas”.

Los pueblos indígenas son parte del paisaje, su historia también comienza con la llegada de los colonizadores. Las primeras imágenes de violencia corresponden a los españoles ajusticiados por los indígenas en el Fuerte Navidad. La ciudad-narradora nos indica que el crimen lo ha cometido el cacique Caonabo, y su acción tiene una explicación étnica, porque tiene “sangre Caribe”. De pasada se nos dice, más adelante, que los españoles cometieron antes atrocidades contra los indígenas, pero los realizadores han decidido que esa violencia no la veamos. Así se refuerza el relato de que la violencia de los conquistadores fue parte de su lucha “por sobrevivir” y que la conquista fue un hecho “heroico” protagonizado por “soñadores” que “buscaban aventuras y fortuna”. No saqueadores, violadores, torturadores y esclavizadores. Colón incluso es retratado como un “gran empresario”, cuyo mayor error fue ser “despiadado”, pero no con los indígenas, sino con los propios españoles. Cuando los indígenas se niegan a sembrar para alimentar a sus verdugos, la ciudad-narradora nos dice que los indígenas “provocaron una hambruna”. A tales extremos llega el racismo en el documental.

Todos los lugares comunes colonialistas están presentes en esta narración. Se muestra brevemente la esclavización de los indígenas, pero se esgrime la vieja caracterización racista de que los indígenas “no estaban acostumbrados a trabajar”. La ciudad-narradora y los académicos españoles y dominicanos entrevistados solo admiten ciertos “excesos” en el proceso de la conquista. Soslayando la resistencia indígena, la narración propone que los primeros defensores de los indígenas son los curas españoles. Se separa evangelización y conquista, como si fueran procesos antagónicos y no complementarios e inseparables. Acríticamente se presenta la visión de los invasores de que los pueblos indígenas eran inferiores. Los sacerdotes, ellos mismos dueños de esclavos indígenas, son presentados como inventores de los “derechos humanos”, entre otros anacronismos.

Lo que el documental intenta encubrir es que en el desarrollo de la ideología racista colonial, justificadora de la esclavización contra los indígenas, fue fundamental el rol de la religión y de la Iglesia. Las primeras argumentaciones de Colón al someter a los indígenas a un régimen de servidumbre e incorporarlos a la trata de esclavos, los primeros pasos de la instauración del orden económico colonial, son de orden religioso, por ser los indígenas “idólatras”, o sea no miembros de la secta cristiana. Luego, en la elaboración de una teoría racista, la “naturalización” de las relaciones sociales y económicas coloniales, intervinieron directamente los teólogos.

En 1498 Colón anuncia a los Reyes Católicos que “se pueden, con el nombre de la Santísima Trinidad, enviar todos los esclavos que se pudiesen vender… porque en Castilla y Portugal, y Aragón, y Italia, y Scicilia, y las islas de Portugal, y Aragón, y las Canarias, gastan muchos esclavos” (Tolentino, Raza e historia en Santo Domingo). Ese es el “gran empresario” que elogian los guionistas, quien ya había tenido experiencia como traficante de esclavos africanos bajo la bandera portuguesa.

El monarca Fernando “El Católico” hacía marcar a sus esclavos indios con una F en la frente, otro detalle que los realizadores prefieren omitir. En 1514 se empieza a aplicar el tristemente célebre “requerimiento”, un formalismo cristiano para justificar el genocidio contra los indígenas sobre la base del concepto de “guerra justa”: se debía leer una exigencia de entrega de territorios a nombre del Papa y de aceptación voluntaria del cristianismo, “si los indios rehúsan él podrá justamente combatirlos, matarlos y reducir los cautivos a esclavitud, exactamente como Josué redujo a los habitantes del país de Canaan” (Raza e historia en Santo Domingo). Tolentino constata que “el blanco valorizó su raza a partir de la explotación de los indios”, se crearon en la colonia relaciones sociales hasta entonces desconocidas en el mundo occidental europeo, un tipo de explotación sistemática basada en el trabajo esclavo al cual se aparejó una ideología de la diferenciación “racial”, una explicación pseudo biológica de la actividad social, que convertiría así a Santo Domingo en “la cuna del prejuicio racial en América”.

Del genocidio colonial resulta que, al cabo de menos de 60 años, de doscientos mil pobladores originales de la isla quedaban alrededor de quinientos. Hasta la segunda mitad del siglo XVIII la población de la isla no alcanzaría los niveles previos a la invasión genocida española, y únicamente por la importación masiva de esclavos africanos en la colonia francesa al occidente de la isla. Para no contrariar el relato “heroico” de la conquista, nada se dice en el documental de los suicidios colectivos y otras expresiones de desesperación de los indígenas ante la bestialidad colonialista, descritas por historiadores como Cassá (Historia social y económica de la República Dominicana).

El fantasma de Bartolomé de las Casas también habla en el documental, elogiando la sumisión en la derrota de los últimos indígenas sobrevivientes de la isla. En otro momento se autocritica por haber apoyado la esclavización de los africanos para sustituir la esclavización de los indígenas, reconociendo que fue igual de cruel, pero este aspecto del debate colonial es obviado por los guionistas. No hay una crítica de las limitaciones de ese discurso religioso.

Racismo contra los negros

La corona instruye a Ovando en 1501 a no permitir la instalación en la colonia de judíos, moros o recién conversos, solo haciendo excepción de esclavos negros nacidos “en poder de cristianos”. Tan pronto como en 1504 el rey Fernando “El Católico” había enviado a la colonia desde Sevilla 20 esclavos africanos solicitados por Ovando, en 1510 son enviados 50 más (Cortés López, La esclavitud negra en la España peninsular del siglo XVI). Tolentino ubica el inicio del tráfico de esclavos africanos a la isla en 1502. Desde el primer momento ya participaban en la construcción de edificios y otras labores. Ante la despoblación de la isla producto del genocidio, a partir de 1520 aumenta el tráfico de esclavos africanos hacia la isla y se inicia la explotación de la caña de azúcar. Antes de 1525 ya la población negra era mayoritaria y las autoridades coloniales plasman en sus comunicaciones su preocupación sobre la necesidad de reprimir a los negros rebeldes y también preservar cierto equilibrio demográfico para mantener la opresión sobre los esclavizados. En 1522 estalla la primera rebelión importante de esclavos africanos musulmanes, llamados jelofes, y para 1542 Álvaro de Castro calculaba que había dos o tres mil negros libres, cimarrones alzados contra la autoridad explotadora. Lemba, Diego de Campo y Diego Guzmán fueron algunos notables líderes de la lucha antiesclavista en la primera mitad del siglo XVI. Los dominicanos podemos estar orgullosos de ser descendientes también de esos héroes de la lucha por la libertad humana.

Por supuesto que ninguno de estos hechos, cruciales en la historia temprana de la ciudad, se menciona en el documental. Solo en dos ocasiones aparecen tres esclavos africanos, en una misma imagen, encadenados. No se dice nada sobre el proceso de su esclavización, simplemente que un día “llegaron”. En su Brevísima relación de la destrucción de África, Bartolomé de la Casas describe ese proceso de “asaltos y, con ellos, las esclavizaciones, latrocinios y tiranías…” con que se inicia el proceso del tráfico de esclavos africanos a mediados del siglo XV. Cita a Juan de Barros, para quien los portugueses “no hacían diferencia de los negros a los moros, ni la hicieran en cualquiera nación que hallaban, todos los robaban y captivaban, porque no llevaban otro fin sino su interés propio y hacerse ricos a costa de las angustias ajenas y sangre humana”. Si en una primera etapa el color de la piel no revestía gran importancia para los esclavistas, la industria del esclavismo llevaría aparejado el desarrollo de la ideología racista anti africana y anti negra hegemónica en las colonias y presente hasta nuestros días en República Dominicana.

¿Cómo fue esa “llegada” de los esclavos africanos que los documentalistas quieren naturalizar? C.L.R. James explica que “los esclavistas arrasaron las costas de Guinea. Al devastar un área se trasladaban al occidente y luego al sur, década tras década, pasando el río Níger, descendiendo a la costa del Congo, pasando Loango y Angola. Guinea seguía siendo su principal tierra de caza… Los esclavos eran capturados en el interior, amarrados unos a otros en columnas, cargados con rocas de 40 o 50 libras para impedir intentos de escape, y marchaban el largo viaje, a veces cientos de millas, los débiles y enfermos cayendo para morir en la selva africana. Algunos eran traídos a la costa en canoa, yaciendo en el fondo de los barcos por días enteros, sus manos amarradas, los rostros expuestos al sol y la lluvia tropical, las espaldas en el agua que se acumula… en los barcos los esclavos eran apilados inmóviles unos sobre otros en galerías. A cada uno correspondía solo cuatro o cinco pies de largo y dos o tres en altura, de tal modo que no podía yacer extendidos ni sentarse con la espalda recta. Contra las mentiras que se han esparcido tan pertinazmente sobre la docilidad negra, las revueltas en el puerto de embarcación y a bordo eran incesantes, de tal modo que los esclavos tenían que ser encadenados, mano derecha con pierna derecha, mano izquierda con pierna izquierda, y adheridos en fila a largas barras de hierro. En esta posición vivían durante el viaje, subiendo una vez al día para ejercicios y para permitir que los marineros limpiaran los baldes. Pero cuando el cargamento era rebelde o el clima malo, se quedaban abajo por semanas completas” (James, Los Jacobinos Negros). Este proceso no existe en el documental, la perspectiva que nos ofrecen los realizadores es la del comprador de esclavos, en el mercado una vez que han “llegado”.

En la construcción de la ciudad no se muestra a indígenas ni a africanos, solo a españoles. Se oculta su aporte material y cultural a la ciudad. La emancipación revolucionaria de los esclavos y la unificación de la isla, son hechos a los que los realizadores se refieren solo de manera indirecta. Para la ciudad-narradora resulta una anécdota neutra, casi positiva, que en el Fuerte Ozama hayan “ondeado banderas” españolas, inglesas, francesas y estadounidenses. No se menciona la propia bandera dominicana, inexistente durante los primeros tres siglos de la ciudad, reforzando la ideológica equivalencia entre dominicanidad y españolidad. Sí se menciona la bandera haitiana, ondeada en Santo Domingo durante la “invasión haitiana” también mencionada como “ocupación haitiana”. Nunca se habla de una ocupación española, francesa, inglesa o estadounidense. Por eso cuando la ciudad-narradora habla de la obtención de la “libertad” no se refiere a la libertad de los esclavos, sino a la restauración del poder de los antiguos esclavistas.

En 1801, las llaves de la ciudad fueron entregadas a Toussaint Louverture, en representación de la República francesa, quien liberó a los 24 mil esclavos de la parte oriental, hasta entonces española, de la isla. Se tomaron otras medidas de avanzada, apoyadas por la mayoría de la población, como confiscar los bienes de la Iglesia, ordenar la actividad económica e implantar gobiernos municipales con una representación tripartita de un blanco, un mulato y un negro. Este igualitarismo horrorizó a los ex dueños de esclavos. El español Gaspar Arredondo y Pichardo protesta en sus memorias que “durante el gobierno de Toussaint los de su clase habían sido vejados y nivelados con sus esclavos tanto en el servicio de las armas como en todos los actos públicos”. Miles de blancos emigraron a las colonias españolas de Cuba, Venezuela y Puerto Rico, en muchos casos viéndose obligados a trabajar por primera vez en su vida (Deive, Toussaint Louverture: La rebelión negra de 1791 y Santo Domingo).  Luego también se entregan las llaves de la ciudad a Boyer como representante del segundo Estado independiente de América.

Estos importantes hechos, de gran significación para la población mayoritaria de esclavos y negros libertos, no son mencionados. En todo caso cabe recordar que el odio a la revolución negra, luego de la independencia haitiana expresado como antihaitianismo, estuvo muy extendido entre los esclavistas de todo el Caribe, no solo en el Santo Domingo español, pero también tuvo su contracara en un gran entusiasmo revolucionario en toda la región. El historiador José Luciano Franco explica que “La Revolución de los esclavos negros de la colonia francesa hubo de producir enorme conmoción en todo el Hemisferio Colombino, y causó una gran sensación en los jóvenes Estados Unidos de América… Dirigidos por el pardo libre José Leonardo Chirinos, que estaba en contacto con los revolucionarios de Saint-Domingue, se sublevaron en Coro, Venezuela, los esclavos negros de la serranía el 12 de mayo de 1797. Dos años antes en Jamaica, los cimarrones enviaron una delegación a las autoridades inglesas exigiéndoles que abandonaran sus comarcas… (Luego de la independencia haitiana los) buques de guerra haitianos persiguieron, capturaron y castigaron, durante el primer tercio del siglo XIX, a los piratas españoles habilitados en Santiago de Cuba, Baracoa y Trinidad, que asolaban las islas del Caribe secuestrando jóvenes y niños negros para venderlos como esclavos a los hacendados cubanos”. Resulta comprensible que las comunicaciones entre funcionarios coloniales franceses y españoles transpiraran “el impotente furor de la reacción colonial, llenos de falsedades y acusaciones injustas” (Luciano Franco, Prólogo a Documentos para la Historia de Haití en el Archivo Nacional).

Supremacismo hispanista

La única referencia del documental al dictador Trujillo es positiva, como constructor de la universidad. Esta es otra clave que nos da la ciudad-narradora. ¿Por qué los guionistas consideran a los indígenas extintos como víctimas de “excesos” coloniales, pero a los africanos esclavizados no? Detrás de esta operación está la rancia ideología nacionalista-trujillista que entre otros sintetizó Balaguer, la creencia en una identidad ahistórica que convierte a los indígenas, póstumamente, en “primeros dominicanos”, pero niega que la dominicanidad abarque a los africanos esclavizados y sus descendientes, que fueron y son la mayoría de la población. Precisamente la razón por la que no se les admite es porque no fueron derrotados ni extintos, como los indígenas, sino que tuvieron una revolución triunfante. Hay elementos de continuidad entre esta ideología y el proyecto anexionista y esclavista, fallido, de la fracción mayoritaria de la clase dominante entre 1844 y 1875: “la recreación de la ideología hispánica, expresión de la añoranza de los viejos tiempos de la colonia, hacia los cuales proyectaba una situación idílica que materializaba el ideal de clase de los grupos dominantes. El hispanismo, lógicamente, se asociaba a una religiosidad extrema de carácter abiertamente conservador, reforzadora de a propensión entreguista. Por último, una manifestación capital en materia ideológica de la clase dominante era el racismo; la dominación del blanco extranjero era considerada necesaria para los fines del desarrollo histórico y método de erradicación de la odiosa participación social de mulatos y negros… El sentimiento anexionista de las clases dominantes… se vinculaba al objetivo del retorno a los añorados tiempos del colonialismo español” (Cassá, Historia social y económica de la República Dominicana).

Además, en tanto el racismo es la expresión ideológica de relaciones sociales de explotación realmente existentes, es inocultable la funcionalidad del racismo actual ante la persistencia de una sociedad altamente estratificada social y económicamente a la que corresponde en una medida no menor también una jerarquización racial en la que los negros tienden a integrar los sectores más marginados y explotados de la sociedad. En los bateyes persisten relaciones de semiesclavitud, miles de trabajadores inmigrantes haitianos carecen de los más elementales derechos laborales, a miles de antiguos trabajadores de la caña se les niega el derecho a la pensión, son comunes los linchamientos de jóvenes negros en los barrios y sus asesinatos por parte de los cuerpos policiales en falsos “enfrentamientos”, mientras que decenas de miles de ciudadanos dominicanos incluso han sido desprovistos de su nacionalidad en base a criterios raciales, por ser descendientes de personas haitianas. El sentido del ordenamiento social por castas propio de la colonia sigue profundamente integrado a la ideología de la burguesía dominicana contemporánea, hoy como ayer el racismo es una ideología funcional a un modo concreto en el que se materializan las relaciones económicas y sociales de explotación.

El nosotros de esta ciudad-narradora se refiere a Europa y a España, no abarca a los africanos esclavizados ni a sus descendientes, que hoy son cuando menos ocho de cada diez habitantes de Santo Domingo. La ciudad-narradora se auto representa como una ciudad española, porque la dominicanidad del nacionalismo racista es en realidad nostalgia de la colonialidad esclavista. Esa ciudad imaginada y narrada por Huchi Lora y José Pintor, tiene la “primacía” no mencionada pero que cruza toda la narración, la fundamental: es la primera ciudad racista de América.

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