¿Quién le teme a la igualdad de género?

Por Ingrid Luciano

Se generó una gran controversia alrededor de la Orden Departamental 33-2019 del Ministerio de Educación (MINERD) del 22 de mayo pasado, mediante la cual se establecía como prioridad el diseño e implementación de la política de género en el sistema educativo. Grupos religiosos y ultra conservadores lanzaron una campaña de desinformación y miedo sobre la supuesta penetración de la “ideología de género” en el país a partir de esta Orden Departamental.

Aclaremos algunas cosas.
En realidad el MINERD no definió una Política de Género. La Orden Departamental solo ordenaba la elaboración de la misma, tomando en cuenta el marco legal nacional e internacional vigente que plantea diseñar estrategias para lograr efectivamente la equidad de género. Entonces, ¿qué es lo que plantean los grupos religiosos y neonazis que están -antes de que se elabore- en contra de esta política? Más allá de la retórica de que no quieren que el Estado se “meta con sus hijos”, básicamente se oponen a que las mujeres sigamos conquistando derechos y saben muy bien que la educación es un terreno importante de disputa política y cultural.

¿A qué le temen, entonces? A que las niñas y los niños reconozcan desde temprana edad que son iguales en tanto seres humanos y que, por tanto, pueden desarrollar sus potencialidades independientemente de su sexo; a que niños y niñas entiendan que en el hogar el hombre y la mujer deben ser iguales y que, por tanto, las labores domésticas y de cuidado deben repartirse equitativamente entre ambos sexos; a que compartan juegos y que así como la niña pueda jugar pelota, el niño también pueda jugar a la cocinita. Sí, a estas cuestiones tan básicas le temen porque las mismas plantean transformar las relaciones de poder y los roles asignados a hombres y mujeres en la sociedad.


Pero aún más le temen a que niños, niñas y adolescentes aprendan a no discriminar a las personas por la percepción que tengan sobre su orientación sexual; a que escuchen que la sexualidad no es un pecado, que también se construye socialmente y puede desarrollarse saludablemente sin opresión ni violencia. Le temen a que adolescentes tengan información sobre métodos anticonceptivos que les permita tomar decisiones de manera responsable. Le temen a docentes que tengan herramientas para identificar de manera temprana casos de abuso sexual y puedan referirlos a los organismos competentes. Le temen a que niños, niñas y adolescentes aprendan lo que es el consentimiento, aprendan a identificar el acoso sexual, aprendan a decir “no”, aprendan a denunciar el abuso, aprendan a ver la desigualdad de poder en la familia y la sociedad.
Los grupos ultraconservadores le temen a todo esto. Por eso la Iglesia Católica ya ha planteado para el país una serie de manuales llamados “Aprender a Querer” en los cuales se enseña la sexualidad desde valores religiosos como la pureza, la virginidad y la castidad, presentando la masturbación como dañina y la homosexualidad como una desviación. Con esta iniciativa se le cae la máscara al eslogan de “no te metas con mis hijos” y se evidencia que estamos ante una lucha por el sentido, por los valores e ideas que queremos inculcar en las escuelas.

Durante algunas semanas, sectores feministas y de ONGs se colocaron del lado del Ministerio de Educación frente a las presiones de los sectores contrarios a una educación para la igualdad de género. Fue un lamentable error confiar en el Ministerio y expresarle apoyo, pues como era de esperarse, el gobierno capituló a las iglesias evangélicas y católica, incluyéndoles en la comisión encargada de elaborar la política de género y la iniciativa fue congelada. Los recientes casos de feminicidios en el país, uno de ellos perpetrado por un pastor evangélico, han generado indignación y subrayan la urgentísima necesidad de avanzar en la lucha por la igualdad desde todos los ámbitos: reformas legales para atacar la impunidad de la violencia de género, fortalecer un movimiento de mujeres autónomo y beligerante, así como impulsar las reformas educativas. Pero la única posibilidad de avanzar radica en la presión social que podamos ejercer de manera independiente, movilizándonos, denunciando y visibilizando en el debate público la información científica y la construcción de conocimiento que venimos realizando las mujeres desde hace siglos, al calor de las luchas por nuestros derechos.

* Publicado originalmente en La Voz de los Trabajadores #13, septiembre de 2019.

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