Cambio y continuidad política en la República Dominicana

Virgilio Oscar Aran y Amaury Rodríguez

Publicado originalmente por New Politics

Foto: Amaury Rodríguez

Las elecciones presidenciales de 2020 en la República Dominicana -que tuvieron lugar en el contexto de la crisis económica y sanitaria mundial desencadenada por la pandemia del Covid-19- fueron las más importantes desde 1996. La derrota electoral del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), de centroderecha, frente al Partido Revolucionario Moderno (PRM), de tendencia liberal, fue vista como un referéndum sobre la democratización y una imputación por los interminables escándalos de corrupción política. Salvo un breve interregno (2000-2004), el PLD controló todas las esferas de la vida política desde 1996 en estrecha alianza con Washington y la extrema derecha dominicana, dirigida por antiguos colaboradores de la dictadura de Trujillo (1930-1961).

Más de lo mismo es una expresión popular dentro de la cultura dominicana, que pone de manifiesto la falta de cambios políticos. Esta expresión puede aplicarse fácilmente a la política económica que guía a la actual administración. Cuando el presidente Abinader se presentó como candidato, hizo hincapié en la desigualdad que plagó los años de gobierno del PLD. Su programa presidencial destacaba cómo el crecimiento económico beneficiaba a la clase media alta y a la élite. También destacó que el modelo económico de desarrollo de la República Dominicana proporcionaba crecimiento económico a un pequeño sector de la población. Este mensaje, combinado con el de la lucha contra la corrupción, catapultó a Abinader a la presidencia en 2020.(1)

Sin embargo, cuando Abinader inició su mandato presidencial, la primera decisión política que tomó fue la de nombrar gobernador del Banco Central a Héctor Valdez Albizu, quien fue clave en la implementación del actual modelo neoliberal en la República Dominicana. Este modelo económico tiene tres pilares críticos: a) liberalización de la economía, b) crecimiento vía endeudamiento externo, b) atacar a la clase trabajadora. Así, el jefe del Banco Central dominicano tiene poderes similares al papel dominante que desempeñaron otros presidentes de bancos centrales en el hemisferio como Domingo Felipe Cavallo en Argentina durante el proceso de liberalización de la economía o Alan Greenspan en Estados Unidos.

De hecho, el verdadero proceso de liberalización económica comenzó cuando el PLD llegó al poder en 1996. En ese momento, las políticas neoliberales estaban arrasando en América Latina, y el PLD no dudó en subirse al autobús de esta transformación económica con consecuencias adversas para la clase trabajadora dominicana. El primer objetivo del proceso de liberalización fueron las empresas estatales, como la compañía eléctrica estatal y otras. El discurso empleado para ilusionar a la población fue que la privatización ayudaría a erradicar la ineficiencia y la corrupción que plagaban a esas empresas. Sin embargo, la realidad fue otra, y consistió en la venta de esas empresas a multinacionales extranjeras o a intereses empresariales locales y en que los funcionarios que participaron en el proceso de venta se enriquecieran con sobornos. El actual presidente del Banco Central desempeñó un papel fundamental en ese proceso.

Pero el proceso de privatización también trajo consigo otra realidad en cuanto a los recursos económicos. Las empresas estatales representaban una fuente de ingresos para el Estado, y sin esa fuente de ingresos, el Estado tenía que encontrar nuevos recursos. Una de las opciones era gravar a la élite dominicana, pero esa opción se descartó inmediatamente.

La política reformista dominicana

La aparición del PLD en el panorama político dominicano comenzó en la década de 1970, cuando la sociedad se enfrentaba a complejos retos políticos, económicos y sociales. Fundado por Juan Bosch (1909-2001) en 1973 tras abandonar el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), nominalmente socialdemócrata, que él y otros fundaron en Cuba en la década de 1940, el PLD era, en esencia, un partido burgués reformista. Sin embargo, la dirección del partido ocultó sus verdaderos colores haciendo uso de un lenguaje progresista, una postura que resultaría fructífera para la construcción del partido, ya que la crisis y las divisiones a las que se enfrentaba la izquierda dominicana no tenían fin a la vista. Bosch construyó una base de partidarios leales gracias a su papel en la resistencia antidictatorial en el extranjero, y a sus credenciales probadas como político democrático, ya que se convirtió en el primer presidente elegido democráticamente en 1963 tras treinta años de régimen dictatorial. Derrocado en un golpe militar siete meses después, el partido de Bosch en ese momento, el PRD, lideró la revolución democrática de 1965 que buscaba restaurar el orden constitucional y las libertades democráticas, desempeñando un papel central en la resistencia antiimperialista contra la intervención militar de Estados Unidos ese mismo año.

En un panorama político dominado por los dos principales partidos capitalistas, por un lado el derechista Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) y por otro el de centro-izquierda Partido Revolucionario Dominicano (PRD), la aparición de un tercer partido ofreció un respiro de la política tradicional, desbaratando el bipartidismo en el proceso. La temprana orientación reformista del PLD acabó por consolidar al partido como un polo de atracción de izquierda durante la década de 1980. Desde el principio, Bosch había concebido al PLD como un instrumento político para cumplir la tarea de la liberación nacional bajo la dirección de la pequeña burguesía, clase social a la que asignaba un “papel histórico” en sus escritos políticos. La perspectiva del partido no sólo reflejaba las ideas de Bosch sobre los orígenes del capitalismo en la República Dominicana y las implicaciones en la lucha por la liberación nacional, sino que también reflejaba los intereses de clase de algunos de sus principales miembros. De hecho, el grueso de la militancia del PLD se había convertido -o estaba en vías de convertirse- en jóvenes profesionales procedentes de estratos bajos y medios. En la membresía del partido había algunos oportunistas conservadores y antiguos colaboradores de la dictadura de Trujillo que ocultaban sus simpatías derechistas y autoritarias bajo la apariencia de un lenguaje pseudoprogresista.

En una entrevista de 1986, Bosch admitió que el PLD era de izquierdas sin un programa socialista.(2) A diferencia del viejo PRD reformista de antaño -un partido de masas, de centro-izquierda, populista y procapitalista con activas corrientes obreras, radicales y antiimperialistas-, el PLD no se reivindicaba representante de la clase obrera ni de otros sectores populares.

Con el tiempo, tres factores críticos contribuyeron a que el PLD, bajo el liderazgo de Bosch, consolidara su posición como “verdadero partido reformista de izquierda” frente al PRD. En primer lugar, el Acuerdo Stand-by del gobierno dominicano liderado por el PRD con el Fondo Monetario Internacional (FMI), marcó un período de descontento dentro del segmento progresista de la coalición que catapultó por primera vez al PRD al poder en 1978. El segundo factor fue la atracción que el nuevo partido reformista ejerció sobre los izquierdistas dominicanos que fueron abandonando la política revolucionaria: desde reconocidos luchadores radicales y sindicalistas hasta artistas e intelectuales de talla y prestigio político.

Finalmente, el tercer factor que contribuyó al ascenso del PLD fue la división interna del PRD. A partir de 1982, cuando el candidato presidencial Salvador Jorge Blanco (1926-2010) ganó las elecciones, estalló una guerra civil dentro del PRD. Surgieron dos facciones: una liderada por el presidente Jorge Blanco, que representaba el segmento de la élite dentro del PRD, y la otra facción liderada por Jacobo Majluta, que fue vicepresidente del ex presidente Antonio Guzmán Fernández y presidente interino durante 41 días tras el suicidio del presidente. En 1986, como candidato presidencial del PRD, Jacobo Majluta (1934-1996) perdió las elecciones contra el líder socialcristiano Joaquín Balaguer (1906-2002). En resumen, la debilidad del PRD dentro del panorama político dominicano -agravada por la pérdida de apoyo popular después de que la represión estatal sofocara las movilizaciones contra el FMI en 1984- favoreció el crecimiento del PLD a finales de la década de 1980.

El PLD se desplaza hacia la derecha

Con el inicio de la década de 1990, el giro a la derecha del PLD comenzó a ser más notorio. Dos factores aceleraron la transformación interna del partido. En primer lugar, la pérdida de las elecciones presidenciales de 1990, en las que el PLD se percibía como ganador, pero Joaquín Balaguer pudo retener el poder manipulando los resultados electorales con el apoyo de la élite dominicana y de Estados Unidos, abrió la puerta a cuestionar la llamada tendencia izquierdista dentro del partido. Debido a la presión del ala conservadora del partido, el PLD cambió su mantra de partido de centroizquierda para definirse como un partido centrista que incorporara a segmentos de la élite conservadora, para no sólo ganar elecciones, sino lograr el reconocimiento de las mismas por parte de la élite.

El segundo factor crítico fue el cambio tectónico en la esfera geopolítica entre la Unión Soviética y el Occidente liderado por Estados Unidos. En la década de 1990 y al inicio de la caída de los regímenes comunistas, la dirección del PLD consolidó el giro del partido hacia la derecha cuando abrazó abiertamente la ideología burguesa en un movimiento que lo impulsó a los brazos de Washington y de las élites archiconservadoras locales. Para un segmento de la dirección del partido, el mundo cambió, y la lucha ideológica se convirtió en una herramienta política obsoleta del pasado. Esta percepción estaba en sintonía con el politólogo conservador Francis Fukuyama en su ahora infame libro El fin de la historia y el último hombre, en el que describía la llamada victoria de Occidente como el fin de la evolución ideológica de los seres humanos en apoyo de los valores occidentales. Este nuevo reajuste, unido a la incapacidad de Juan Bosch para dirigir el partido debido a su mala salud y a su eventual muerte en 2001, planteó un dilema a la dirección: cómo mantener la unidad del partido y preservar su imagen “progresista” para el consumo público mientras practicaba la duplicidad política. A lo largo de los años, los camaleónicos dirigentes del PLD -que estaban empeñados en reestructurar las relaciones económicas y sociales de acuerdo con el libre mercado- adoptaron, como en un baile de máscaras, múltiples colores políticos, dependiendo de la ocasión, con la esperanza de retener y ganar apoyo. Además, el lenguaje progresista y las invocaciones periódicas al líder fallecido sirvieron al PLD de subterfugio para engañar, desorientar y confundir tanto a los partidos de la oposición como a los votantes.

A medida que la crisis de la izquierda se intensificaba, la dirección del PLD comenzó a posicionarse más allá de las ideologías de izquierda y derecha, predicando permanentemente las virtudes del capitalismo. Consciente de las particularidades de la política dominicana, que es bastante aguda y sensible a las tendencias políticas internacionales, la dirección del PLD dedicó mucho tiempo a hacer vagas referencias a los realineamientos conservadores, neoliberales y antiprogresistas de la política anglosajona, como el clintonismo y la Tercera Vía de Tony Blair. Esto no quiere decir que estos dos jefes de Estado neoliberales no influyeran en el pensamiento de los peledeístas, pero las inclinaciones a embarcarse en la privatización de las explotaciones públicas para desmantelar aún más los servicios básicos como la sanidad y la educación, ya estaban previamente ahí.

Además, gestos pequeños pero populares, como el establecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba, pretendían apaciguar a la izquierda mientras la dirección argumentaba que la ideología del partido no era ni de izquierdas ni de derechas; seguía vomitando una retórica de centroizquierda y progresista a pesar de su alianza con los fascistas de la Fuerza Nacional Progresista (FNP), un minúsculo partido de extrema derecha cuya influencia (y recursos) crecieron gracias a su alianza con el partido en el poder. Para cuando los que estaban al mando dejaron de sentirse culpables por abrazar su ideología reaccionaria, la dirección del PLD ya había adoptado una identidad tradicional, patriótica y nacionalista.

Algunos dentro del partido, por ejemplo, el ex presidente Leonel Fernández, se declararon herederos políticos del caudillo de la derecha y estrecho aliado de Estados Unidos, Joaquín Balaguer, cuyo régimen (1966-1978) mató a miles de personas, incluyendo a izquierdistas revolucionarios.

Además, el PLD llegó al poder en 1996 mediante una alianza electoral con Balaguer y otros actores políticos de derechas. Llamándose a sí mismos Frente Patriótico, el PLD y la derecha lanzaron una campaña racista coordinada para desbaratar la candidatura presidencial de José Francisco Peña Gómez (1937-1998), un dominicano negro de origen haitiano que fue uno de los líderes de la revolución democrática de 1965 que pretendía restaurar a Bosch en el poder después de un golpe militar derechista respaldado por Estados Unidos en 1963.

Durante su apogeo en el poder, los dirigentes del PLD acumularon una inmensa riqueza personal y construyeron una enorme base clientelar. Un pilar fundamental de su éxito fue descubrir que el dinero podía comprar la lealtad. La dirección del partido también estaba dispuesta a socavar el sistema político dominicano, si le convenía, comprando la dirección de los partidos de la oposición.

La dirección del PLD, antes pequeñoburguesa y ahora de nuevos ricos millonarios, anunció así su intención de perpetuar su régimen. Siguiendo los pasos de la dictadura constitucional mexicana bajo el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y reviviendo la tradición autoritaria local implantada por los regímenes de Trujillo y Balaguer, la clase política peledeísta expresó su deseo de aferrarse al poder durante cuarenta años, es decir, hasta el año 2036. La voraz codicia y el apetito de poder de los dirigentes aceleraron lo que parecía un giro autoritario irreversible (3).

Resistencia desde abajo

Al modo de una máquina electoral partidista-estatal, y en cierto modo como sus predecesores, el PLD utilizó la violencia del Estado para mantenerse en el poder. Sin embargo, lo que diferenciaba al PLD era su dependencia de otras formas de control social destinadas a crear consenso y legitimidad. Por ejemplo, debido a las limitadas oportunidades de empleo en las sociedades capitalistas semicoloniales, los puestos de trabajo en el gobierno, la promoción profesional y las becas en universidades prestigiosas en el extranjero son apetecibles para activistas e intelectuales.

En ese sentido, el PLD cooptó a algunos sectores radicales pero, al mismo tiempo, aquellos que fueron capaces de repeler la coerción y los tentáculos corruptores del PLD jugaron un papel importante a la hora de liderar la resistencia popular que, a lo largo de los años, ayudó a galvanizar la oposición a los gobiernos del PLD de los expresidentes Leonel Fernández (1996-2000, 2004-2012) y Danilo Medina (2012-2020).

Fueron necesarios años de lucha, de hecho, para poner al PLD de rodillas. Desde la lucha contra la constitución racista, sexista y homofóbica de 2010 hasta las huelgas y protestas laborales y contra la austeridad que desafiaron al neoliberalismo y la firma de acuerdos comerciales unilaterales de libre comercio con EE.UU. en el contexto de una creciente resistencia hemisférica que frenó la expansión del neoliberalismo en la región; hasta el que quizá sea el movimiento social más duradero de aquellos años, la lucha por los derechos civiles liderada por Sonia Pierre (1963-2011), una fuerza a tener en cuenta, ya que desafió con firmeza el racismo antihaitiano, la discriminación racial, la xenofobia, la explotación capitalista y el sexismo.

En 2017, el rechazo generalizado al PLD estalló en un movimiento masivo contra la corrupción conocido como Marcha Verde, movilizando un gran bloque electoral de clase media y de clase trabajadora que sigue desempeñando un papel central al influir en la configuración de una política anticorrupción hasta el día de hoy.

Caída

El intento reeleccionista del ex presidente Danilo Medina aceleró la caída del PLD. Medina abandonó su intento de presentarse por tercera vez cuando se hizo cada vez más evidente que el enfado generalizado provocado por el nepotismo, el abuso de poder, el autoritarismo y el total abandono de los servicios básicos por parte del régimen, como la sanidad y la educación, había llegado a su punto de ebullición. Al final, Medina eligió a dedo a un candidato títere para seguir siendo el rey detrás del trono.

Para cuando llegó la campaña de las elecciones presidenciales de 2020, el PLD se enfrentaba a una ruda y amarga crisis interna, acelerada por unas elecciones primarias amañadas en contra de Leonel Fernández, el rival de Medina, que abandonó el partido poco después y lanzó su propio partido, Fuerza del Pueblo, un “nuevo” partido tan reaccionario y corrupto como el PLD. Esta nueva crisis dividió a la base de votantes del PLD, una señal de que el fin estaba cerca.

Con la derrota del candidato de Medina, Gonzalo Castillo, un nuevo ciclo político encontró a una de las facciones dentro del campo reaccionario debilitada. Esta derrota electoral supuso un duro golpe para las ambiciones políticas y personales del ex presidente Medina, cuyo protegido y futuro sucesor no consiguió el apoyo del electorado, ni siquiera después de llevar a cabo una campaña electoral ridículamente cara que incluía la distribución de dinero en efectivo entre los votantes jóvenes y adultos pobres y desempleados, la compra de votos, la contratación de periodistas y animadores para difundir la propaganda, el silenciamiento de la disidencia y la obligación de los empleados estatales de asistir a los mítines progubernamentales o arriesgar perder sus puestos de trabajo.

La debacle del PLD en las urnas supuso un rotundo rechazo al conservadurismo y a un modelo político y económico reaccionario basado en actos extremos de nepotismo, abuso de poder, violencia de Estado, intolerancia, impunidad, paternalismo, individualismo, racismo, sexismo, homofobia, ecocidio y culto al dinero. Así, la derrota del PLD fue un paso adelante, aunque parcial, en la lucha por la democratización de la sociedad dominicana.

Continuidad neoliberal bajo Abinader

Ante la ausencia de alternativas políticas electorales de izquierda y de la clase trabajadora, la gente de a pie, deseosa de subvertir la crítica situación política tras veinte años de gobierno de la derecha bajo el PLD y su clase millonaria, sustituyó una clase política por otra apostando al empresario convertido en político Luis Abinader, del Partido Revolucionario Moderno (PRM), una escisión del PRD.

La victoria de Abinader resultó de una estrategia doble: En primer lugar, él y su partido aprovecharon la oposición masiva al PLD, encarnada principalmente en el movimiento anticorrupción Marcha Verde; y en segundo lugar, Abinader formó una alianza de derecha y centroizquierda que reunió a una parte del bloque de votantes del PLD (representado por Leonel Fernández y su partido Fuerza Popular) y a otros pequeños partidos de derecha, como el PRSC y Dominicanos por el Cambio (DxC), así como al Frente Amplio (FA), de centroizquierda.

Abinader también obtuvo el apoyo de intelectuales y activistas progresistas de clase media que veían el intento del PLD de perpetuarse en el poder como una amenaza para la democracia. Pero esos activistas e intelectuales, guiados por el odio al PLD, así como por su propia política antiobrera y sus ambiciones personales, terminaron apoyando a Abinader, candidato conservador para vencer al gobernante, creando ilusiones entre la gente común. La periodista de izquierda Lilliam Oviedo los excoria: “por ingenuidad, por burdo pragmatismo o por oportunismo, (los progresistas) así han coronado el afán por tomar cartas en un juego sucio”. (4)

El conocimiento público de la pertenencia de Abinader a la clase alta no fue suficiente para disuadir a las organizaciones e individuos de tendencias progresistas de respaldar al candidato del PRM. Pero la dirigencia del PRM también incurre en una duplicidad política, al presentar una pose progresista y de izquierda como un partido de oposición con un linaje socialdemócrata que, una vez en el poder, gira hacia la derecha. Por eso, estas últimas elecciones fueron otro cambio cosmético.

Si bien es cierto que el presidente Abinader nombró una procuradora general independiente para perseguir la corrupción ante el clamor popular de justicia encarnado en el movimiento Marcha Verde, su gobierno ha protegido a los aliados políticos corruptos de la persecución. Desde que asumió el poder, Abinader ha decepcionado a una gran mayoría de votantes, incluida la base de su partido que tiende a ser más progresista, al apilar el Estado dominicano y su gabinete con magnates capitalistas (como él mismo) y políticos corruptos tanto del PLD como del PRM (5).

El papel del sector privado se hizo más evidente cuando el presidente Abinader lanzó una alianza público-privada para invertir en proyectos turísticos en detrimento tanto del Estado (que actuará como principal inversor) como de la clase trabajadora, cuyas necesidades urgentes incluyen el acceso a una atención sanitaria decente, a las pruebas y vacunas del Covid-19, a la educación, a la alimentación y a la vivienda (6).

Durante la campaña presidencial, Abinader y el PRM expresaron su apoyo a la lucha por la despenalización del aborto, un tema polarizante que desafía la hegemonía de los conservadores religiosos tanto de la Iglesia Católica como de la creciente comunidad evangélica. El PRM fue el único partido mayoritario de la oposición que apoyó abiertamente el aborto terapéutico durante la campaña presidencial y obtuvo el apoyo de organizaciones feministas. Sin embargo, Abinader y su partido -en alianza con sectores de la derecha cristiana- han traicionado sus promesas una y otra vez al negarse a despenalizar el aborto, lo que ha servido de catalizador para el lanzamiento de masivas movilizaciones callejeras y campamentos. (7)

Abinader y sus aliados de la derecha cristiana también han contribuido a criminalizar aún más a las personas LBGTQ+ al negarse a perseguir los delitos de odio basados en la orientación sexual.

Un año de presidencia de Abinader sólo ha creado más miseria y explotación para los pobres y la clase trabajadora de la República Dominicana. Para gestionar la pandemia y la crisis económica resultante, Abinader ha recurrido en gran medida a medidas represivas que incluyen la militarización de las calles para hacer cumplir los impopulares cierres. Los barrios pobres se llevan la peor parte de la represión estatal. En 2021, Abinader declaró el estado de emergencia desde marzo hasta la primera semana de octubre. Al hacerlo, su gobierno suspendió el libre tránsito y las libertades democráticas. El estado de emergencia, respaldado por todos los partidos tradicionales, otorgó a Abinader poderes ejecutivos especiales para manejar las finanzas del Estado con poca o ninguna supervisión, mientras reabría la economía a pesar de la rápida propagación del virus, con el único objetivo de mantener a flote el sector turístico a costa de la salud de la población. Para la élite dominicana, la pandemia ha sido una bonanza económica de larga duración. Abinader y la clase ultra rica del capitalismo financiero que representa, se benefician enormemente del turismo. Según un informe del Banco Central de 2021, hasta junio entraron en el país 462.536 turistas. Además, otros sectores que han crecido durante la pandemia fueron la construcción, las zonas francas, la manufactura local, el transporte y almacenamiento de suministros, la minería y el comercio (8).

La supremacía blanca y el racismo son componentes fundamentales de la élite blanca dominicana que representa el presidente Abinader. Por eso no es de extrañar que haya adoptado el nacionalismo populista de derecha como pilar de su régimen, haciendo que sus posiciones políticas sean más extremas que las de los anteriores gobiernos del PLD. Su programa de derecha sirve claramente a los intereses de los capitalistas locales y estadounidenses. Utilizando una retórica racista y xenófoba contra los haitianos (a veces abiertamente y a veces en lenguaje codificado), Abinader sigue convirtiendo a los trabajadores haitianos en chivos expiatorios de los males sociales, polarizando al electorado y creando divisiones entre haitianos y dominicanos. Su retórica nacionalista de derecha -que presenta la crisis política y económica del vecino Haití como una amenaza para la soberanía nacional- también pretende galvanizar el simbolismo patriótico y la unidad nacional para frenar, y eventualmente desbaratar, la unidad de clase.

La propaganda nacionalista más reciente sirve de distracción política que sólo beneficia a la clase dominante. Llamativamente, no es una coincidencia que el presidente Abinader se lanzara a una diatriba nacionalista de derecha justo en el momento en que su nombre apareció en la lista de Pandora Papers de presidentes y figuras públicas que ocultan sus fortunas en paraísos fiscales (9).

Además, el Estado dominicano bajo Abinader sigue sirviendo a las necesidades de la explotación capitalista, ya que su gobierno prioriza la financiación de obras públicas no esenciales en esta coyuntura peligrosa, como la construcción de una valla inspirada en Trump junto a lo largo de la frontera dominico-haitiana, mientras los barrios pobres sufren apagones, y la crisis de la vivienda se amplía.

¿Qué es lo que sigue?

El movimiento social tiene un futuro esperanzador, pero debe lidiar con las prácticas que socavaron a los movimientos sociales en el pasado en la isla. Si bien es cierto que la República Dominicana se alejó de las ejecuciones extrajudiciales de activistas, también es cierto que continúa la coacción económica sobre los líderes de esos movimientos. El PLD mostró los tentáculos políticos y económicos de los estados clientelistas y su disposición a proporcionar “regalos” económicos a los líderes sociales a cambio de lealtad al partido. Ya varios antiguos líderes del movimiento Marcha Verde han abandonado la lucha social tras aceptar lucrativos empleos en el gobierno.

Mientras tanto, la lucha contra el giro autoritario del PLD y su fraude electoral durante las elecciones municipales de 2020, así como el impacto de las movilizaciones de jóvenes y mujeres en Haití, Chile, Argentina y Estados Unidos, politizaron y radicalizaron a los jóvenes de toda una generación, dando lugar a un resurgimiento de las luchas feministas, queer y negras/afro-dominicanas. Teniendo en cuenta que el legado ultrarreaccionario del PLD seguirá teniendo ramificaciones políticas y culturales, su impacto y supervivencia a largo plazo dependerá de si los sectores progresistas, laborales, feministas, antirracistas y anticapitalistas continúan organizándose y luchando contra la derecha.

En la República Dominicana muchos trabajadores no están organizados y los sindicatos siguen siendo débiles en todo el país. Mientras haya una dirección conservadora al frente de algunos de los mayores sindicatos, como la Confederación Autónoma Sindical Clasista (CASC), los sindicatos no podrán convertirse en instrumentos de lucha social y de clase.

Sin embargo, las perspectivas de la lucha obrera parecen prometedoras. En los últimos meses, los maestros, los trabajadores de la salud y los profesores y personal administrativo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), la universidad pública, han protagonizado importantes luchas laborales. Bajo la dirección de un socialista, los miembros del sindicato de profesores (FAPROUASD) consiguieron un aumento salarial del 15% en noviembre de 2021 como resultado de las movilizaciones. Igual de importante es la lucha protagonizada por los trabajadores de la caña de azúcar de origen haitiano que luchan por sus pensiones. Además, grandes segmentos de la población compuestos por campesinos y trabajadores no organizados también desafían al extractivismo megaminero de forma permanente.

La izquierda revolucionaria es pequeña, pero sigue siendo la única fuerza política que puede oponerse seriamente a la represión estatal y a la explotación capitalista, ya que los partidos reformistas de centroizquierda han girado a la derecha. Conocida por sus interminables luchas sectarias, la izquierda dominicana es también conocida por su rica historia de lucha. Las organizaciones más destacadas tienen sus raíces en algunas de las tendencias políticas que fueron la columna vertebral de la izquierda internacional: maoísta (Movimiento Popular Dominicano, MPD), estalinista (Movimiento Caamañista, MC) y trotskista (Movimiento Socialista de Trabajadoras y Trabajadores, MST). A pesar de sus diferentes orígenes, estas organizaciones revolucionarias comparten un profundo compromiso con el internacionalismo y la política antiimperialista enraizada en la revolución de 1965 y la posterior guerra antiimperialista contra las tropas de ocupación estadounidenses. La izquierda tiene potencial para crecer y contribuir a la reconstrucción del movimiento estudiantil y al fortalecimiento de las luchas feministas, laborales, ecologistas y campesinas. Por último, es importante que la izquierda continúe denunciando los ataques de la clase dominante dominicana contra los descendientes de haitianos, y que ofrezca soluciones realistas y concretas al pueblo trabajador en este momento de crisis, rechazando el nacionalismo.

La solidaridad internacional con el pueblo dominicano será crucial para derrotar la más reciente ofensiva de la clase dominante. Los sectores progresistas y revolucionarios de la diáspora dominicana en EE.UU. han jugado un papel importante en la política dominicana y lo seguirán haciendo en los próximos años. Mientras la élite dominicana consolida su poder bajo Abinader y continúa con sus implacables ataques a la clase trabajadora, la izquierda revolucionaria debe unirse para organizar a los trabajadores sin importar su origen nacional, luchar contra el racismo, el sexismo, la homofobia y la transfobia y, en última instancia, construir una fuerte alternativa política de izquierda dirigida por la clase trabajadora para librar las batallas que se avecinan en el terreno ideológico y electoral, así como en las calles.

Notas

1.- «Abinader asegura pueblos del Cibao decidirán en el 16», El Caribe, 23 de noviembre de 2015.

2.- «Una entrevista con Juan Bosch», NACLA, 1986. Fecha de reedición en línea: 25 de junio de 2013.

3.- «Leonel Fernández: El PLD gobernaría hasta el 2036», Diario Libre, 15 de julio de 2013.

4.- «Continuidad del saqueo y el entreguismo», Lilliam Oviedo, Rebelión, 8 de abril de 2020.

5.- Ibid, Oviedo.

6.- «Alianza Público Privada contempla inversiones de hasta 7.000 millones», El Día, 18 de agosto de 2021.

7.- «Activistas en la República Dominicana luchan contra la prohibición del aborto en el país» Jacobin, 14 de diciembre de 2021.

8.- «BCRD informa que la economía dominicana creció 13.3 % en el primer semestre del año 2021», Informe del Banco Central Dominicano, 29 de julio de 2021.

9.- «Miles de millones ocultos sin alcance», The Washington Post, 3 de octubre de 2021.

Publicado República Dominicana, Sin categoría

Sobre los autores

Los autores dedican este artículo a la memoria del socialista revolucionario dominicano Hancy Martínez (1991-2021). Los autores también agradecen a Amín Pérez la revisión de un borrador. Virgilio Oscar Aran es un organizador laboral y escritor que vive en Nueva York. Amaury Rodríguez es investigador independiente y coeditor con Raj Chetty de “Dominican Black Studies” (Routledge, 2015), un número especial de la revista The Black Scholar.

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