Andriy Movchan
Arte: Zar Putin, de Jon Berkeley
La idea fija del nacionalismo imperial ruso
La «guerra defensiva de Rusia contra la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte» es un concepto que se ha vuelto casi axiomático para muchos izquierdistas occidentales. Este concepto sirve convenientemente tanto para racionalizar las acciones de Rusia como para radicalizar las críticas a los propios gobiernos. Pero ¿qué papel asigna el mismo Vladímir Putin a la supuesta amenaza de la otan? Una lectura atenta de sus principales discursos revela que Putin niega explícitamente cualquier peligro de un ataque de la otan contra Rusia. En su lugar, toda la atención y la pasión del gobernante se centra en otra cosa: en la cuestión de la «justicia histórica» primordial. Putin desempolva crónicas milenarias y encuentra en ellas la prueba de su utopía reaccionaria, su imaginado derecho histórico a poseer Ucrania. Hablemos entonces de la causa más subestimada de esta guerra: la obsesión ideológica. La idée fixe rusa.
1.300 kilómetros. Así de extensa se hizo la frontera de Rusia con el bloque militar de la otan en 2022, después de que dos países previamente neutrales –Suecia y Finlandia– se unieran a la alianza atlántica. El mar Báltico se convirtió en un mar interior de la otan. San Petersburgo, la capital septentrional de Rusia, se encuentra ahora a solo 148 kilómetros de la frontera de un bloque hostil. ¿Cuál fue la reacción de Rusia? ¿Lanzó Putin un ultimátum militar? ¿Amenazó con una operación preventiva? ¿Concentró tropas en la frontera? No. Nada de eso ocurrió.
Si, en el contexto de Ucrania, la cuestión de la otan sigue apareciendo en el discurso ruso, la izquierda occidental le asigna un papel aún mayor. Y ello, a pesar de que a Ucrania se le denegó el ingreso en 2008. Alemania, Francia y muchos otros Estados se opusieron abiertamente a la adhesión de Ucrania, cuando el veto de un solo miembro basta para bloquearla. La propia presencia de la base naval rusa en Sebastopol hizo ya casi imposible la adhesión de Ucrania a la otan. Tras la anexión de Crimea y el estallido de la guerra en Dombás, ese ingreso se hizo aún más impensable: la existencia de disputas territoriales y conflictos en curso cierra automáticamente las puertas de la alianza a cualquier aspirante.
Resulta entonces que la entrada del vecino del norte de Rusia en la otan no supone ninguna amenaza para ella, mientras que Ucrania, que no tenía ninguna posibilidad de ingresar, se convirtió en el objetivo de una invasión a gran escala. ¿Cómo se explica esto? Demos la palabra al propio Putin.
La Rusia mitológica
Volvamos a febrero de 2024. Moscú. Tras dos años de boicot por parte de los medios occidentales, un periodista estadounidense llega a la capital rusa, cubierta de nieve, para entrevistar a Putin. Ese periodista es Tucker Carlson, un bloguero conservador en ese entonces partidario de Donald Trump. Escéptico ante las explicaciones de los medios liberales sobre las razones de la invasión rusa, quiere escuchar de primera mano qué llevó a Putin a lanzar la mayor guerra terrestre en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Después de todo, el líder de la mayor potencia nuclear del mundo no podría haber enviado columnas de tanques hacia una capital vecina sin razones de peso. ¿Quizás hubo algo que empujó a Putin a tomar esta difícil decisión, algo que la audiencia occidental desconoce? Es más, Carlson ya tiene sus propias conjeturas al respecto: lo más probable es que todo se deba a los gobiernos demócratas y su política sobre la expansión hacia el este de la otan, que, según sospecha, provocó que Rusia diera este paso desesperado, sin dejarle otra opción.
Tucker Carlson formula su primera pregunta:
El 24 de febrero de 2022, cuando comenzó el conflicto en Ucrania, usted se dirigió a su país en su discurso y dijo que actuaba porque había llegado a la conclusión de que eeuu a través de la otan podría iniciar, cito, un «ataque sorpresa contra nuestro país». Y a oídos estadounidenses eso suena a paranoia. Díganos por qué cree que eeuu podría atacar a Rusia por sorpresa. ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?
La pregunta es tan precisa como justa. Después de todo, en el siglo XXI, ningún Estado puede emprender abiertamente una guerra de conquista sin enmarcarla en la defensa contra una amenaza exterior. Todos los agresores –desde Adolf Hitler hasta Benjamin Netanyahu– han llamado a sus guerras «defensivas» (las iniciaron tras «quedarse sin opciones») y adujeron que fueron provocadas desde el exterior: una respuesta al peligro al que se enfrentan el Estado y sus ciudadanos. Y si Rusia se ve a sí misma como un país que ataca en legítima defensa, entonces seguramente debe tener los argumentos más sólidos posibles para hacerlo. ¿Qué amenazaba a Rusia? ¿Qué peligro intentaba evitar Putin?
«No es que EEUU se estuviera preparando para lanzar un ataque sorpresa contra Rusia, yo nunca he dicho eso». Putin elude la pregunta. «¿Esto es un talkshow o una conversación seria? Solo le robaré 30 segundos o un minuto de su tiempo para hacerle una breve reseña histórica. ¿No le importa?».
En un intento de explicar a la audiencia occidental sus verdaderos motivos para atacar a Ucrania, Putin pronuncia una conferencia pseudohistórica de 25 minutos. En ella, los asombrados estadounidenses escuchan por primera vez nombres como el de Riúrik, príncipe de la antigua Rus, los príncipes Oleg y Yaroslav i el Sabio, los líderes mongoles Gengis Kan y Batú Kan, el hetman cosaco Bogdán Jmelnitski y la emperatriz Catalina ii. Putin habla de la unidad sanguínea y espiritual de ucranianos y rusos, llamándolos «un solo pueblo». Incluso intenta entregar a Carlson una pila de cartas de archivo del siglo xvii que supuestamente prueban que los ucranianos son inseparables de los rusos.
Todos los esfuerzos de Carlson por interrumpir y volver a la cuestión principal –¿qué amenazaba exactamente a Rusia en 2022?– fracasan. Putin sigue arrastrando al estadounidense a través de los siglos, tratando de explicar cómo los enemigos de Rusia «separaron artificialmente» a los ucranianos de un único pueblo ruso. Todo esto, insiste Putin, debe entenderse para comprender las causas más profundas de la invasión.
Durante media hora, el líder ruso, refiriéndose a crónicas antiguas y cartas medievales, intenta convencer al estadounidense de que las tierras ucranianas han pertenecido a Rusia desde tiempos inmemoriales. La nación ucraniana y su condición de Estado, argumenta, son artificiales, un accidente histórico, un torpe error que ya es hora de corregir.
«Quieren atacar a Rusia», «Quieren destruir a Rusia», «El país se enfrenta a una invasión militar», «Nuestros ciudadanos podrían ser víctimas de una agresión», «Se están apoderando de nuestro territorio internacionalmente reconocido»: no se dijo ni una sola de estas frases, ni podría haberse dicho.
El propio Putin lo admite: la Federación Rusa como Estado no se enfrentaba a ninguna amenaza. El peligro se cernía sobre otra Rusia: la Rusia mitológica y milenaria que abarcaba tierras «históricas» más amplias. La Federación Rusa dentro de las fronteras de la antigua República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR), trazadas en su día por los bolcheviques, no es más que un fragmento del territorio de la antigua gran Rus, incluidas Bielorrusia y Ucrania. La separación y la salida definitiva de Ucrania del imaginado espacio espiritual y político del «mundo ruso»: esa es la amenaza que Putin trata de evitar. Y al final de la conversación, se lo dice directamente a Carlson: «La reunificación [de un pueblo] sucederá. Ese lazo nunca se rompió», concluye con seguridad.
Derecho sobre Ucrania
Preguntémonos: si el líder de un país en guerra pronuncia una larga conferencia sobre las profundidades de la historia para explicar sus motivos, ¿le importa? Claro que le importa. Nada importa más. «Una conversación seria».
Putin disponía de dos horas de emisión para explicar al mundo que no es un villano y que se limita a defender a Rusia de la amenaza de la otan. Sin embargo, en lugar de eso, dedica la mayor parte de ese tiempo a lo que él considera lo más importante: una justificación primordialista de su supuesto «derecho» a poseer Ucrania. ¿Qué nombre deberíamos darle a esto? Una obsesión ideológica, una idée fixe.
A diferencia de los miles de marxistas occidentales que insisten en que Rusia se enfrenta a una amenaza de la otan, el propio Putin no afirma nada por el estilo. Al contrario, lo niega rotundamente. Nadie planeaba –ni planea– atacar a la Federación Rusa. La razón de la guerra, dice Putin, es la «ilegal», «blasfema» e «históricamente criminal» eliminación de la mítica cuna de Rusia –Kiev y las tierras circundantes del sur de Rus– de su esfera de influencia8.
No es de extrañar que Putin muestre total indiferencia hacia la entrada de Suecia y Finlandia en la OTAN. La razón es simple: no pertenecen al imaginado espacio primordial conocido como el «Mundo Ruso». La gente allí no habla ruso; no hay iglesias de la antigua Rus, ni lugares de grandes batallas, ni artefactos sagrados de la mitología nacionalista. Los finlandeses difícilmente pueden considerarse «un solo pueblo» con los rusos. Pero Ucrania es otra historia: su posesión es la idée fixe del nacionalismo imperial ruso y de Putin personalmente.
De hecho, el gobernante de Rusia considera que la guerra es defensiva. Pero ¿en qué sentido? Sencillamente, no está «defendiendo» la Federación Rusa dentro de sus fronteras de 1991, sino las fronteras de un antiguo imperio que, en su más profunda convicción, fueron arrancadas ilegal y artificialmente por los enemigos del seno del Estado milenario de Rusia.
Así como los dirigentes sionistas creen firmemente que su derecho a Judea y Samaria está escrito en la Biblia, los dirigentes rusos han llegado a creer que su derecho a poseer Ucrania está confirmado por las crónicas de la Rus de Kiev y las cartas de Bohdan Khmelnitsky. Tanto para Israel como para Rusia, el concepto de derecho internacional es demasiado joven y aún no ha superado la prueba del tiempo. El sistema de derecho internacional basado en la onu solo tiene 80 años; el tratado europeo sobre la inviolabilidad de las fronteras, apenas 50. ¿Qué son estas tonterías comparadas con crónicas milenarias y textos sagrados?
Si el derecho internacional humilla a Rusia negándole sus «legítimas reivindicaciones» sobre la cuna de la civilización rusa, ¡entonces debe ser un mal derecho internacional! Si no permite la devolución de tierras históricas, sirve a los enemigos de Rusia. Si perpetúa el desmembramiento del otrora unificado Imperio Ruso, si permite que los ucranianos abandonen el seno del «Mundo Ruso», entonces seguir esa ley no solo es perjudicial, sino también criminal. Esta es, a grandes rasgos, la lógica de la cúpula del Kremlin.
Pocos dudarían de los profundos motivos ideológicos que impulsan a los dirigentes israelíes en su guerra permanente por la expansión territorial. ¿Por qué, entonces, la izquierda internacional se niega a ver los impulsos ideológicos similares que hay detrás de los dirigentes rusos? Ignorar lo obsesionado que está Putin con la conquista de Ucrania requiere un tipo de ceguera excepcional.
El concepto de un «pueblo dividido»
¿Quizás una entrevista no sea suficiente para sacar conclusiones? Pasemos a otros discursos y declaraciones claves de Putin.
Seis meses antes de la invasión, en julio de 2021 –cuando el mundo apenas empezaba a recuperarse de la pandemia y nadie podía imaginar que estuviera próxima una guerra a gran escala–, Putin publicó su infame artículo «Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos». En él, expuso por primera vez una declaración exhaustiva de su compromiso con el mito primordialista, preparando el terreno ideológico para su futura invasión. En este artículo completamente pseudocientífico, lleno de manipulaciones y afirmaciones falsas, Putin declara que rusos, bielorrusos y ucranianos no son naciones distintas, sino ramas de un único pueblo ruso. La idea principal que recorre todo el artículo es clara: la identidad ucraniana fue construida y alimentada artificialmente por los enemigos de Rusia para dividir a un pueblo y enfrentar a sus partes entre sí.
A los ucranianos se les niega una identidad nacional propia, su condición de Estado y la capacidad de ejercer la soberanía como mejor les parezca. Por primera vez, Putin expone sistemáticamente sus opiniones sobre el orden mundial adecuado: Ucrania debe existir exclusivamente dentro del «espacio espiritual y político» ruso. Cualquier intento de los ucranianos de salir de esta esfera se considerará una violación de la integridad de la armonía primordialista. ¿Qué es esto, sino una declaración directa de los motivos ideológicos de la guerra?
Algunos dirán: «Tal vez esta sea solo una de las muchas declaraciones. Seguro que hay otras en las que Putin describe pragmáticamente las amenazas del imperialismo occidental para Rusia». No, Putin no ha escrito ningún otro artículo programático. Su pieza «Sobre la unidad histórica» sigue siendo el único y definitorio manifiesto para justificar la invasión.
Putin repitió las mismas tesis en su discurso clave del 21 de febrero de 2022, tres días antes del inicio de la invasión. «Desde la Antigüedad, los habitantes de las tierras históricas del suroeste de la Rus de Kiev se consideraban a sí mismos rusos y ortodoxos»: así comienza su otro excursus pseudohistórico. Exactamente la mitad de su discurso está dedicada al argumento ideológico de que Ucrania es un Estado artificial, creado por los bolcheviques. Que el error criminal de Lenin en política nacional tuvo como resultado la escisión del Imperio Ruso unificado de un «feo engendro»: una Ucrania independiente12. Y, al parecer, ahora le corresponde a él corregir este fatídico error.
Sí, este discurso también se refiere a la expansión de la influencia militar de la otan en Ucrania. Pero lo que importa es el contexto en que se menciona. El problema, desde la perspectiva de Putin, es el siguiente: las ciudades costeras de Ucrania fueron conquistadas en el siglo xviii por los caudillos zaristas rusos a costa de la sangre de soldados rusos, por lo que la presencia de bases de la otan allí sería una burla a la memoria de los heroicos colonizadores rusos.
En aras de la equidad, cabe señalar que, en dos breves párrafos, Putin sí menciona una posible amenaza de la otan al territorio internacionalmente reconocido de Rusia. Advierte que si los estadounidenses despliegan sus misiles y bombarderos estratégicos en Ucrania, sería un «cuchillo en la garganta». Pero… En primer lugar, estos breves pasajes se pierden completamente en el telón de fondo de su extensa justificación primordialista de la guerra. Si defenderse de una hipotética agresión militar de la otan fuera realmente el motivo principal, habría tenido un sitio más destacado. En segundo lugar, la hipótesis de que pudieran desplegarse armas nucleares en Ucrania y los estadounidenses atacaran a la mayor potencia nuclear del mundo es totalmente inverosímil, algo que el propio Putin reconocería dos años después en la entrevista de Carlson citada anteriormente. En tercer lugar, como ya se ha mencionado, cuando el «cuchillo en la garganta» vino de Finlandia, Putin… ¡no hizo nada!
¿Qué nos queda? Las dos principales encíclicas de Putin sobre la invasión se erigen como puras destilaciones de ideología.
Argumento central
Después de cuatro años de guerra, después de los enormes sacrificios realizados por el pueblo ucraniano para resistir la invasión, después de que los ucranianos han demostrado con cada acción que se niegan a vivir bajo el dominio ruso, ¿quizás Putin ha adoptado una postura más pragmática y ha abandonado su idée fixe de «reunificar a los pueblos divididos»? No, sigue fiel a su utopía reaccionaria.
«He dicho muchas veces que considero que los pueblos ruso y ucraniano son, de hecho, un solo pueblo. En ese sentido, toda Ucrania es nuestra», declaró Putin en el verano de 2025. Ese mismo verano, Donald Trump decidió sacar a Rusia del aislamiento internacional e invitó a Putin a una cumbre en Alaska. Ofreciendo concesiones bastante generosas, esperaba que el líder ruso, como político pragmático, llegara a un acuerdo y firmara la paz. Pero Trump se equivocó. No hubo acuerdo. Un artículo en Financial Times describe los detalles de la reunión a puertas cerradas de la siguiente manera:
Putin rechazó la oferta de eeuu de aliviar las sanciones a cambio de un alto el fuego, insistiendo en que la guerra solo terminaría si Ucrania capitulara… El presidente ruso pronunció entonces un discurso histórico incoherente que abarcaba a príncipes medievales como Rurik de Nóvgorod y Yaroslav el Sabio, junto con el jefe cosaco del siglo xvii Bogdán Jmelnitski, figuras que cita a menudo para apoyar su afirmación de que Ucrania y Rusia son una sola nación. Sorprendido, Trump levantó la voz varias veces y en un momento dado amenazó con marcharse. Finalmente, interrumpió la reunión y canceló un almuerzo que tenían planeado.
Reiteremos este punto. En las primeras conversaciones desde 2022 entre los líderes de las dos mayores potencias nucleares del mundo, Putin no discute con su homólogo el «cerco de Rusia por las bases de la otan», ni las armas nucleares estadounidenses en Europa, ni las «preocupaciones de seguridad de Rusia», ni los misiles de alcance intermedio o la defensa antimisiles; en resumen, ninguna de las cuestiones citadas constantemente por la izquierda occidental cuando discute la supuesta guerra defensiva de Rusia contra la expansión de la otan. No, Putin está preocupado por asuntos totalmente diferentes. En una reunión de alto nivel con el presidente estadounidense, invoca leyendas medievales como el argumento más importante para reconocer su «derecho a Ucrania». Una y otra vez, profiere largas disertaciones, con la esperanza de que los líderes occidentales comprendan por fin el concepto de «un solo pueblo» arraigado en la antigüedad profunda y reconozcan que es correcto.
Si esto no es obsesión ideológica, ¿qué es?
Praxis
Por supuesto, se podría suponer que esta idée fixe primordialista de «reunificar a un pueblo dividido» no va más allá de las conferencias cuasi históricas de Putin en actos públicos; que, en la práctica, Rusia simplemente actúa de forma pragmática para eliminar amenazas externas. Pero no es así. Los principios ideológicos de la utopía reaccionaria de Rusia se están cumpliendo plenamente en el curso de esta guerra.
En los últimos cuatro años, Rusia se ha visto arrastrada por una campaña ideológica masiva destinada a negar la existencia misma de Ucrania. Los alumnos de todas las escuelas rusas a partir del primer curso asisten ahora a «conversaciones sobre cosas importantes», lecciones semanales de propaganda chovinista estatal. En 2023, los manuales escolares fueron reescritos personalmente por el ministro de Cultura, Vladímir Medinsky, uno de los que ejercen una fuerte influencia ideológica sobre Putin, para describir a Ucrania como una formación artificial creada por los bolcheviques. Dmitri Medvédev, un alto funcionario, pide públicamente que la independencia ucraniana «desaparezca para siempre» con el telón de fondo de un mapa gigante que muestra dos tercios de las tierras ucranianas anexionadas por Rusia. Propagandistas televisivos como Vladímir Soloviov van mucho más allá de la simple negación de Ucrania, pidiendo incluso la destrucción de las megaciudades ucranianas si sus residentes no se rinden ante el Ejército ruso y aceptan una identidad rusa. El filósofo ultraderechista Aleksandr Dugin, vinculado al Kremlin, califica a Ucrania de «mancha tóxica en nuestro territorio» y argumenta que, tras la ocupación total, habrá que erradicar la identidad ucraniana durante décadas para evitar su resurgimiento.
Pero la encarnación más elocuente de las ideas primordialistas de Putin es la política aplicada en los territorios ocupados. Un informe del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la Organización de las Naciones Unidas de 2025 reconocía una campaña sistemática para borrar la identidad cultural ucraniana en las zonas anexionadas por Rusia:
la población de las zonas bajo el control efectivo de Rusia sigue sufriendo graves restricciones a la realización de su derecho a participar en la vida cultural, incluido el derecho a utilizar y enseñar las lenguas minoritarias, la historia y la cultura. [Existe] una campaña a gran escala para borrar sistemáticamente la historia, la cultura, la identidad cultural y la lengua ucranianas, reescribiendo los planes de estudios históricos y reprimiendo los símbolos culturales locales, así como el menoscabo general de la identidad lingüística de las minorías étnicas en las zonas bajo el control efectivo de Rusia.
Pero la labor ideológica fundamental de erradicación de la identidad ucraniana se lleva a cabo entre los niños de los territorios ocupados. La lengua ucraniana ha sido eliminada de los programas escolares. Los niños que siguen hablando ucraniano son acosados y sus padres, presionados. Se recluta a adolescentes ucranianos en grupos paramilitares que los adoctrinan con el chovinismo ruso y la hostilidad hacia la identidad ucraniana. Además, toda una red de campamentos «militar-patrióticos» entrena a adolescentes de las zonas ocupadas en el manejo de armas, tácticas de pequeñas unidades, operación de drones y medicina de campo de batalla, preparándolos para luchar contra Ucrania. Las prácticas sistemáticas de secuestro, adopción forzosa y reeducación de niños de las zonas ocupadas llevaron a la Corte Penal Internacional a emitir una orden de arresto contra Putin en 2023.
¿Se supone que todo lo anterior son también «medidas defensivas provocadas contra la amenaza exterior de la OTAN»? Por supuesto que no. Lo que estamos presenciando es una política coherente de expansión territorial y asimilación étnica de los ucranianos: la aplicación literal de la doctrina de «un solo pueblo» de Putin.
Carthago delenda est
Los marxistas suelen ver con recelo los motivos ideológicos de la guerra, recurriendo a menudo al determinismo económico o a explicaciones pragmáticas, como la teoría actualmente popular del «realismo ofensivo». Sin embargo, cuando se trata de un sistema en el que el gobernante supremo concentra un poder prácticamente ilimitado y posee el mayor arsenal nuclear del mundo, sus obsesiones ideológicas se convierten en un factor crucial que configura la realidad.
Un ejemplo cercano puede encontrarse en la mencionada utopía reaccionaria de la extrema derecha israelí, que sin duda ha servido de base para el genocidio en Gaza y la permanente limpieza étnica en Cisjordania. Pocos observadores de izquierda negarían la importancia de las doctrinas sionistas en la configuración de la política de Oriente Medio.
Entonces, ¿por qué la ideología primordialista del expansionismo ruso es ignorada casi por completo por los referentes de izquierda? Podemos debatir largo y tendido cómo Putin llegó a sus ideas, en qué momento y por qué razones se radicalizaron, convirtiéndose en una fuerza impulsora de la guerra. Pero negar su influencia en la realidad material es ignorar la realidad de los hechos.
La izquierda critica el eurocentrismo. Sin embargo, a menudo ella misma cae en su trampa, prefiriendo creer que las elites de los países occidentales son las únicas culpables de todos y cada uno de los problemas del mundo. Esta misma suposición subyace al concepto de «guerra defensiva de Rusia contra la expansión de la otan». Tal visión eurocéntrica despoja por completo a Rusia de agencia, ignorando sus propios motivos y aspiraciones internas.
La Rusia de Putin es sin duda un actor en la escena mundial. No se limita a responder a desafíos externos, sino que impone su voluntad. Tiene su propia visión del orden mundial adecuado, su utopía reaccionaria. Un elemento central de esta utopía, la de «un solo pueblo», es la subyugación de Ucrania y la remodelación radical de la identidad de sus ciudadanos, cuyo laboratorio puede observarse en los territorios anexionados.
La existencia de una nación ucraniana separada e insumisa se convirtió, para Putin, en una especie de «Cartago que debe ser destruida». Sin entender este hecho, el 24 de febrero de 2022 sigue siendo incomprensible, al igual que la recurrente frase enigmática sobre «eliminar las causas profundas del conflicto».
Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en Counterpunch, con el título «The Russian Idée Fixe». Traducción de Pablo Stefanoni.