Algunas lecciones de los campamentos universitarios en solidaridad con Palestina en EE.UU.

Franchesca A.

En la conciencia nacional general de los movimientos universitarios o «estudiantiles» de EE.UU., se podría pensar en las sentadas de Greensboro1, el verano de la libertad de Mississippi2, el movimiento contra la guerra de Vietnam, el movimiento de «libertad de expresión» (una frase que ahora se ha utilizado para despolitizar la defensa específica de la justicia racial de la que surgió el movimiento), en particular en Berkeley, y el movimiento de desinversión en Sudáfrica. Podríamos pensar que el movimiento de acampada estudiantil pro palestina y antisionista de 2024 sigue esa teleología. En términos de su tamaño, la respuesta violenta militarizada que generaron por parte de las universidades y la policía, y su longevidad, abarcando más estrategias y tácticas que sólo campamentos al aire libre (por ejemplo, hoy mismo, 5 de junio, estudiantes de la Universidad de Stanford fueron detenidos después de ocupar la oficina del presidente), la comparación más apropiada resulta aquella con el movimiento estudiantil contra la guerra de Vietnam. Vemos, una vez más, a estudiantes reconociendo que los movimientos sociales, ojalá más revolucionarios que reformistas, deben crearse desde dondequiera que nos encontremos como actores sociales e históricos. Las universidades particularmente son economías que apuntalan profundamente el alcance imperial de EE.UU. en el extranjero, y que facilitan el sustento de la violencia racial y económica dentro del propio país. Sorprendentemente, estamos asistiendo a la expansión del movimiento internacionalmente en Francia, España, Italia, Reino Unido, México, y otros países.

A medida que el polvo de la ola inicial de conmoción y energía parece asentarse, muchos se sienten inseguros y ansiosos ante el final de los semestres académicos. Como siempre, las universidades y sus administraciones esperan que los movimientos se disipen, ya sea con la rotación estudiantil, con la llegada del verano o con las graduaciones. Aparte de sus otras tácticas de regulación y asfixia, como la creación de grupos de trabajo o comités sin salida, el mayor elemento a su favor es simplemente el tiempo. Pero creo que si este movimiento se estanca y no consigue ser más disruptivo no será a causa del verano o del tiempo, sino por un fallo de análisis y de aversión al riesgo y a la escalar el conflicto. Es difícil responder a la pregunta de si el movimiento de campamentos estudiantiles, y las otras formas de disrupción que ha suscitado, han alcanzado ya su punto álgido. El nivel de radicalismo ha variado en cada campus. Muchos estudiantes siguen agitando e intensificando sus acciones de forma autónoma. 

Creo que para responder a esta pregunta tenemos que reorientar nuestra forma de pensar. ¿Un cambio de estrategia o el paso de los campamentos a una táctica diferente implicaría que el movimiento ha terminado? Yo diría que no, siempre y cuando veamos los campamentos como un punto de partida. Muchos estudiantes lo ven claramente de esa forma. Muchos estudiantes nunca olvidarán la violencia estatal que se desató sobre ellos con la luz verde incondicional de sus propias autoridades universitarias. En CUNY, la clase trabajadora, los trabajadores empobrecidos, los estudiantes negros y otros estudiantes “de color” no olvidarán las lesiones que sufrieron a manos de la policía, la criminalización por delitos graves que recibieron mientras a estudiantes de Columbia, una institución elitesca de la “ivy league”, se les acusó de delitos menores. 

La llegada del verano y el inevitable paso del tiempo pueden ayudar a fermentar algo más allá de la derrota si estos acontecimientos, y la mayor politización que han traído consigo, se transforman en el conocimiento de que no solo estamos ante un movimiento estudiantil, sino ante un movimiento antiimperialista que debe ser emprendido en muchos lugares, también contra las universidades pero más allá de ellas.

En la Conferencia de los pueblos por Palestina, Tara Alami dijo: «Deberíamos entender a Palestina y nuestra lucha por la liberación -teniendo en cuenta esta transformación psicosocial colectiva- no como una lucha que tiene lugar únicamente dentro de fronteras geográficas, no como una lucha que es meramente un proyecto de construcción de un Estado, sino realmente como la tumba del colonialismo y el imperialismo». En su máxima expresión política principista, radical y disruptiva, un movimiento «estudiantil» internacional movilizándose contra las universidades y las violaciones coloniales e imperiales de las que son cómplices y en las que participan activamente, actuaría con esa idea como horizonte y como compromiso infalible. En EE.UU., donde soy ciudadana y estudiante de posgrado, vi destellos de ese principio ejercido a través de análisis sofisticados y acciones materiales; espero que donde no se practicara, al menos se aprendiera.

Los campamentos estudiantiles que han hecho aparición en los últimos meses en EE.UU., después de la Universidad de Columbia, que aunque no fue la primera acampada fue sin duda la que acaparó más atención, los estudiantes pro palestinos que pedían una muestra de apoyo de otros campus tenían una exigencia en común: siguiendo las pautas del movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones, que las universidades pusieran fin a sus inversiones en las empresas fabricantes de armas y en cualquier corporación o entidad que se beneficie de su conexión con la entidad colonial de asentamientos y sionista que es el estado israelí. Esta exigencia permite trazar paralelismos y analogías con otros movimientos de desinversión que han surgido en los campus universitarios, como la desinversión en los combustibles fósiles, la desinversión en las empresas a cargo de prisiones y, sobre todo, la desinversión ante el apartheid sudafricano3.

Aunque estos paralelismos son importantes y las comparaciones pueden ser útiles, parte de honrar el legado de los activistas de luchas anteriores, como la desinversión sudafricana, no consiste en ensalzarlos ni en establecer equivalencias sin matices. Debemos evaluar la especificidad de nuestras condiciones actuales, no sólo desde el punto de vista temporal, sino de las estrategias específicas, el revisionismo y la fabricación de víctimas que subyacen al sionismo como proyecto. Debemos preguntarnos, ¿en qué fracasaron los movimientos anteriores y en qué no pueden guiarnos en las condiciones de nuestro propio tiempo? Debemos hacer esto no para los fines de la crítica en sí, sino por el bien de la construcción de infraestructuras y compromisos políticos capaces de enfrentarse al proyecto astuta e insidiosamente construido del sionismo en el que nuestras universidades participan activamente, como un tentáculo del imperialismo estadounidense.

Quiero hacerme eco de la crítica del escritor palestino Mohammed El Kurd a nuestro impulso de comenzar cualquier defensa de la liberación palestina con el recordatorio de que el antisionismo no es antisemitismo4. No lo es. Pero lo más importante es que ese no debería ser el eje en un mundo en el que 40.000 palestinos han sido asesinados por el Estado israelí, con armas estadounidenses, mientras el mundo, a excepción de la intervención yemení, libanés del sur e iraquí, simplemente observa, ya sea con horror, con apatía o con regocijo. El Estado israelí, EE.UU. y su aparato mediático (periódicos, publicaciones y periodistas) han desviado eficazmente, como era de esperar, nuestra atención hacia un peligro imaginario y la descortesía de las palabras y los cánticos, al tiempo que justificaban e ignoraban un verdadero genocidio.

Por lo tanto, cuando digo que el modo en que la estrategia sionista y el Estado estadounidense y sus instituciones manipulan e instrumentalizan las acciones y discursos a favor de Palestina es un fenómeno singular con pocos antecedentes, lo digo como testimonio de nuestra necesidad de comprender las especificidades de nuestro enemigo. El sionismo y el Estado israelí han creado efectivamente una realidad discursiva en la que las palabras equivalen a la violencia material. De ese modo, nuestros enemigos no sólo nos combaten con su descarado compromiso financiero con la violencia y la destrucción coloniales, sino también con su insistencia en que tienen la superioridad moral, a través de su explotación del antisemitismo.

Los pensamientos que tuve mientras participaba en los campamentos universitarios y era testigo de los movimientos y estrategias (y a veces de las erupciones espontáneas de militancia en todo el país) surgieron de un sólido marco ya establecido no sólo de una posición política anticolonial, anticapitalista y antiimperialista, sino de un compromiso específico pro palestino que he mantenido y con el que me he movido durante 11 años. El compromiso que todos nosotros, como ciudadanos estadounidenses y estudiantes de universidades de élite, debemos asumir con la liberación palestina sólo puede resumirse en las palabras de la poetisa Noor Hindi: «Sé que soy estadounidense porque cuando entro en una habitación algo muere «5. Esto debería ser suficiente para mover a la gente a la acción, pero si no lo es, también resulta ser cierto que un mundo en el que existe el Estado ocupante de Israel es un mundo en el que todas las personas seguirán siendo, en el mejor de los casos, algo secundario ante las ganancias y la expansión coloniales6.

En mi opinión, los campus en los que las reivindicaciones fueron capaces de establecer conexiones entre la violencia de Estado en EE.UU. y la violencia en el Estado de Israel que se lleva a cabo con el apoyo estadounidense total y descarado, financiero, retórico y militar, fueron los que más se aproximaron al horizonte anteriormente expuesto por Tara Alami. Las organizaciones universitarias en las que las reivindicaciones y acciones fueron más significativas y disruptivas fueron aquellas en las que la policía fue identificada explícitamente como un enemigo, vinculada en tanto expresión de la represión imperialista a la entidad sionista. Cal Polytechnic Humboldt7, donde los estudiantes tomaron un edificio y lucharon con éxito contra la incursión de la policía militarizada solicitada desde fuera de su ciudad, y Columbia8, donde los estudiantes tomaron un edificio y lo llamaron Hinds Hall, por ejemplo, demostraron un nivel de disrupción y agitación militante que parecía entender que a los fideicomisarios y regentes de las universidades estadounidenses, que gestionan y controlan las inversiones universitarias, (especialmente las universidades más elitistas y poderosas de esta nación), no les importan nuestras demandas, y no negociarán con nosotros de buena fe. Es con este entendimiento con el que debemos entrar en el terreno de la confrontación. 

En estos contextos, la consigna «policías fuera del campus» se levantó de manera importante junto con las demandas de desinversión y antinormalización. En otros espacios e instancias, ese tipo de conexiones se descartaron como una pérdida de foco. Sostengo que, en realidad, es imposible centrarse en Gaza, los palestinos y la plena liberación de Palestina y el desmantelamiento de la entidad sionista sin establecer estas conexiones. No sólo porque son, literalmente, la fuerza que protege el capital, la propiedad y a los poderosos, todo aquello que, literalmente, sostiene nuestra incapacidad para construir movimientos disruptivos en este país, y que mantienen las estructuras que neutralizan y sofocan las rebeliones. Esto lo constatamos nuevamente ante las innumerables tropas policiales desatadas en las protestas universitarias por órdenes de los propios rectores y administradores universitarios. Pero además, porque las fuerzas de la violencia estatal e imperialista se alimentan mutuamente, tecnológica, ideológica, material y políticamente. Sabemos que numerosas policías municipales y universitarias de EE.UU. han recibido entrenamiento en Israel9. Sabemos, porque lo hemos visto, que esta policía no nos protege y que, de hecho, directamente nos amenaza10. Sabemos que muchas de estas universidades no sólo son «cómplices» en el genocidio a través de inversiones, sino que literalmente elaboran las tecnologías que se utilizan para renovar las armas imperiales y coloniales, en los laboratorios de profesores y estudiantes de posgrado.

Por todo ello, además de la importancia de una pronunciada política antipolicial, como reivindicación y como resistencia, es crucial entender estas instituciones como aparatos coloniales que infligen violencia a las comunidades indígenas, a las comunidades negras y a las personas pobres y sin hogar en EE.UU. Una vez más, no se trata de intentar que este movimiento por la liberación palestina se centre en cualquier otra «causa», sino de cultivar un nivel de politización entre los participantes que resulte en una radicalización verdadera y a largo plazo. Donde nuestro compromiso y responsabilidad con los palestinos nunca se articule como una mera cuestión de abusos de los derechos humanos (un lenguaje y un marco que sostiene las mismas categorías que hacen posible la violencia colonial en primer lugar), sino que se articule como un compromiso político y material. Los espacios en los que la narrativa del «agitador externo» fue correctamente desautorizada así lo demostraron. En muchos sentidos, «protesta estudiantil» es un término discutible, porque aunque los estudiantes, por supuesto, lideraron y formaron parte de los acontecimientos, tenemos que tener claro que las comunidades donde se encuentran estas instituciones, las comunidades que han sido desplazadas por estas instituciones, con la Universidad de California y la Universidad de Columbia como ejemplos principales, tienen tanto derecho como los estudiantes, o más, a tomar el campus que les infligió esto. Y en todos los campamentos, los miembros no estudiantiles de la comunidad mantuvieron la fuerza vital de las protestas, tanto protegiendo a los acampados de la policía como proporcionándoles alimentos y ayuda. En mi experiencia, la forma en que la comunidad local en general se unió para apoyar a los campamentos fue un modelo de movilización y fortalecimiento de la base que debería generarse en cada contexto local para diferentes tipos de acciones.

Todas estas capas del movimiento estudiantil son vitales porque son las condiciones que nos permiten intensificar nuestras acciones por Gaza. Y esta no es una opción, es una responsabilidad. Puedo decir que, por supuesto, en medio de pérdidas, decepciones y capitulaciones, sigue siendo importante que este momento histórico haya sucedido y esté sucediendo. Pero también debemos considerar las vidas de los palestinos lo suficientemente valiosas e importantes como para ser honestos con nosotros mismos y decir que cada día que tenemos una experiencia de aprendizaje sin llevar a cabo una disrupción, es otro día en el que el país del que somos ciudadanos, del que somos cómplices por nuestra posición, financia y apoya la violencia y el genocidio israelíes. Debemos ganarnos el derecho a llamar a esto la «intifada estudiantil», no sólo utilizar su lenguaje.

Protesta en la UCLA

Es necesario entender que si el principal compromiso aquí es la liberación palestina, entonces es precisamente ese compromiso el que exige que tengamos un sofisticado y exhaustivo análisis y sistema de valores. Que hacerlo no es «construir un mundo de otra manera» a costa de centrarse en Palestina. Que sí, que teníamos un objetivo concreto -la desinversión- pero que, siendo realistas, las negociaciones con la universidad, una corporación imperialista, nunca nos lo iban a conceder de buen grado. En esta coyuntura, el impulso, el llamado a la intensificación en mi opinión, exigía una interrupción total, un paro total de la universidad como institución, como economía, como tentáculo tecnológico del militarismo. En algunos casos vimos destellos de ese paro total, y en otros no vimos un enfoque que se alineara con eso en absoluto. En este sentido, un acontecimiento importante que se presentó como un nivel histórico añadido de agitación fue la huelga autorizada del sindicato de Trabajadores Automotrices Unidos (UAW), en la que 48 mil trabajadores autorizaron una huelga como postura contra las medidas de la Universidad contra las protestas en los campus, citando especialmente la violenta represión en la UCLA11. Por supuesto, la dirección del sindicato y los miembros de base deben distinguirse en cuanto a los compromisos y el lenguaje con el que se comunicó y transmitió esta huelga. Pero nos recuerda que hay que tomarse en serio la construcción de poder y la disrupción en tantos lugares y vías que se cohesionen sobre la base de un compromiso con la liberación palestina.

Sigo utilizando aquí la expresión compromiso político, porque nos ayuda a tener claridad. ¿Con qué somos solidarios exactamente? Wendy Trevino lo expresó de manera óptima cuando nos recordó que no se puede ser solidario con una identidad, se puede ser solidario con la resistencia, y yo añadiría, con un compromiso político. Mohammed El Kurd, en una charla pronunciada en la Universidad de Berkeley, nos recordó que debemos ser cautelosos a la hora de asignar cargas sociales a determinadas identidades, y centrarnos en cambio en los compromisos políticos.

Los movimientos basados en el campus, que incluyeron a muchos protagonistas que no eran sólo estudiantes, han sido históricos. Nos han dado importantes lecciones tanto en sus fracasos como al modelar la acción radical en algunas de sus iteraciones. Sobre todo, me quedo una vez más con una realidad bien expresada por un tuit de @mxwfx en X: «Es correcto y natural que la gente de Occidente exprese horror y dolor por lo que estamos viendo, pero a menos que demos el siguiente paso para afirmar la necesidad de la resistencia, todo lo que hacemos es lamentarnos acordando con Netanyahu (diré con Israel como proyecto) de que los palestinos han nacido para morir»12.

Notas

1. Morris, Aldon. «Black Southern Student Sit-in Movement: An Analysis of Internal Organization» American Sociological Review. 46(6) (December 1981): 764.

2. Acerca del Verano de la Libertad 

womenshistory.org/resources/general/freedom-summer

3. Sobre las protestas de 1985

lib.berkeley.edu/visit/bancroft/oral-history-center/projects/managing-protest

4. Ver el artículo de Mohammed El Kurd “Colonos judíos robaron mi casa. No es culpa mía que sean judíos”

mondoweiss.net/2023/09/jewish-settlers-stole-my-house-its-not-my-fault-theyre-jewish/ 

5. Ver el poema completo de Noor Hindi, cuyo título podría traducirse como “A la mierda tu conferencia sobre el oficio, mi gente está muriendo”

poetryfoundation.org/poetrymagazine/poems/154658/fuck-your-lecture-on-craft-my-people-are-dying

6. Una historia completa del sionista está más allá del alcance de este breve artículo. En resumen, El proyecto sionista se concretó ideológica y políticamente a finales del siglo XIX, con el apoyo de Gran Bretaña. Su líder Theodor Herzl lo nombró explícitamente como un proyecto colonial. En la página 7 de este kit de herramientas encontrará una lista de recursos que detallan la historia del despojo palestino y el estado de Israel en “2 Palestina 101”: https://palestinianfeministcollective.org/wp-content/uploads/2023/10/All_Out_Palestine_Toolkit_3.0.pdf

7. Ver la entrevista con militantes de esta universidad sobre el desarrollo de la protesta y su perspectiva

thenewinquiry.com/set-the-terms-of-your-struggle-the-cal-poly-humboldt-commune-speaks/

8. Ver el reportaje de Al Jazeera

aljazeera.com/news/2024/5/1/columbias-hamilton-hall-a-history-of-student-action-at-gaza-protest-hub

9. Sobre el entrenamiento de fuerzas policiales estadounidenses en Israel 

amnestyusa.org/updates/with-whom-are-many-u-s-police-departments-training-with-a-chronic-human-rights-violator-israel/

10. Sobre los ataques policiales y pararpoliciales en UCLA contra manifestantes aljazeera.com/news/2024/5/1/ucla-clashes-pro-palestinian-protesters-attacked-by-israel-supporters

11. Sobre la huelga 

https://www.latimes.com/california/story/2024-05-28/ucla-uc-davis-brace-for-strike-as-union-alleges-free-speech-violations-in-pro-palestinian-protests
12. Texto original en https://x.com/mxwfx/status/1795197024775684220

Traducción del inglés: MST-RD.org

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