Amaury Rodriguez
La partida física de la escritora, artista de la performance y activista trans Johan Mijail el 8 de septiembre ha generado mucha tristeza en la escena cultural dominicana y la comunidad LGBT. Ese día, la precariedad laboral de las y los artistas en República Dominicana, sumada a la horrenda discriminacion en contra de personas no binarias y trans, cobró otra vida más. Su muerte también ha generado mucha conmoción entre artistas, escritores y lectores que la admiraban fuera del país. La autora de la novela Chapeo falleció a la edad de 36 años a causa de negligencias médicas acaecidas en el Hospital Moscoso Puello en la capital dominicana luego de sufrir un derrame cerebrovascular.
Este trágico final de lo que fue, sin duda alguna, una vida llena de energía creativa y muchas ansias de transformación social, forma parte de un patrón muy conocido y normalizado en la sociedad a raíz de la implementación de políticas homofóbicas y transfóbicas del Estado dominicano, la difusión de lenguaje de odio de políticos tradicionales, curas, pastores evangélicos e influencers, y la constante persecución policial de personas negras, travestis y trans.
Oriunda de Villa Mella, municipio capitalino habitado por una considerable población afrodescendiente, Johan MIjail era una artista comprometida con las luchas sociales de su país. De clase trabajadora, durante sus años de estudios universitarios en la UASD, Mijail participó en la lucha por el 4% del presupuesto para la educación pública y la lucha medioambiental en contra de la compañía minera Barrick Gold. La preservación de la memoria histórica del pueblo dominicano era una de sus grandes preocupaciones. En tal sentido, reivindicaba la resistencia en contra de las dictaduras trujillistas y balagueristas y el legado de lucha de la revolución de abril de 1965. Posicionada políticamente en la izquierda, Mijal despreciaba con ahínco a toda la clase política dominicana por su clasismo, racismo y antihaitianismo.
Rechazada tanto por la derecha como por la vieja izquierda estalinista, Johan Mijail reconoció la potencia transformadora de la revolución cubana pero rompió con el dogma estalinista al denunciar la censura artística y la represión estatal en Cuba de la que fueron objeto personas LGBT en las décadas iniciales de la revolución.
Su trabajo artístico y literario estuvo estructurado alrededor de tres ejes principales: la experimentación artística, la investigación y el activismo político. Por su trabajo innovador y experimental, una de las escritoras y artistas dominicanas que más la influyó en su juventud fue Josefina Báez. Siempre en búsqueda permanente de referentes de la diversidad y la disidencia sexual en claro desafío a la cultura heteronormativa de su propio entorno dominicano, Johan Mijail sentía una profunda admiración por la escritora Aida Cartagena Portalatín a quien luego consagró como “madre cuir dominicana”.
Mijail soñaba con algún día establecer un archivo LGBT en Santo Domingo. Irreverente y tenaz, criticaba el feminismo liberal-burgués por ser excluyente y conservador y borrar a las mujeres indígenas, negras y trans y por tal razón, se esmeraba en rescatar la memoria trans de las activistas estadounidenses no blancas Marsha P. Johnson y Silvia Rivera.
Cuando emigró a Chile a los 22 años de edad, en 2012, gracias a una beca artística, todavía se sentía la efervescencia de las movilizaciones estudiantiles del 2006 conocidas como la Revolución Pingüina. A través del Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS), Johan Mijail se integró al activismo LGBT y a la lucha feminista, en particular la lucha por el aborto libre y legal. Aunque estaba lejos del Caribe, de su música y la alegría cotidiana, se sintió menos sola conviviendo con la comunidad haitiana y dominicana, y reivindicó la memoria del dominicano Juan Andrés Blanco Castillo, un militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) asesinado por los militares golpistas en 1973. Como inmigrante, sufrió en carne propia el odio racista y la xenofobia y no titubeó en expresar toda su solidaridad con inmigrantes colombianos, haitianos y dominicanos. Esa experiencia la llevó a tatuarse un mapa de Quisqueya con fronteras abiertas, borrando la línea fronteriza construida por la historia oficial para dividir física e ideológicamente a dominicanos y haitianos, pueblos que comparten la misma isla.
En el ámbito cultural, en Santiago de Chile y en otras provincias y regiones, llevó a cabo lecturas poéticas y acciones performativas, involucrándose de lleno en la escena cuir y vanguardista. Sus andanzas en Chile la llevaron a colaborar con el destacado performista Samuel Ibarra Covarruvias, la catedrática Carolina Benavente y el científico y activista de la disidencia sexual Jorge Díaz entre otras personas más. En el 2014 la editorial chilena Desbordes publicó Pordioseros del Caribe, texto experimental que se nutrió del trabajo de investigación que había estado llevando a cabo en Santo Domingo antes de emigrar a la nación suramericana. El libro fue muy comentado y leído. Fue a través del diálogo, el debate y la discusión abierta que pudo construir lo que llamó su “escritura nomade, trans-marica”; organizó charlas dirigidas a estudiantes de secundaria, universitarios y al público en general y se desplazó a territorios habitados por el pueblo Mapuche donde pudo presenciar y participar en sus ritos ancestrales. El mundo de Mijail no tenía límites. En su trabajo de performance expuso la vulnerabilidad de su cuerpo en calles céntricas y galerías de arte, cuestionando el racismo, la identidad racial y la violencia capitalista. Todo esto causó mucho revuelo y controversia en la prensa conservadora chilena por romper con tabúes acerca de la sexualidad y el deseo.
De regreso a República Dominicana en el 2019, Johan Mijail continuó abogando por espacios de la disidencia sexual, apoyando escritoras trans y visibilizando las manifestaciones afro-dominicanas y los cuerpos no binarios. Durante los últimos años de su corta existencia, Mijail vivió en un medio hostil ante el crecimiento de la extrema derecha, la corrupción institucional y la falta de apoyo estatal a la cultura y a la juventud. Aún así, se dedicó cuerpo y alma a fomentar espacios de contracultura a través de talleres de escritura, lecturas poéticas y Catinga Ediciones, su proyecto editorial.
Pese a la precariedad económica, la escritora viajó varias veces a otros países para promover su trabajo artístico, entablar lazos afectivos y compartir con comunidades afrodescendientes, LGBT e inmigrantes en Colombia, Ecuador, Costa Rica, México, Perú y el Estado Español. En cada espacio, la escritora caribeña-dominicana construyó puentes solidarios, acompañando a sus hermanas trans y rescatando la memoria colectiva en apoyo a las luchas de comunidades y pueblos oprimidos. En el transcurso de su vida, Mijail encontró muchas complicidades intelectuales y políticas con sus hermanas travestis y trans. Una de las amistades más importantes fue con la artista y escritora afro-venezolana Iki Yos Piña Narváez.
Sus libros, fanzines, talleres de escritura, arte e intervenciones públicas representan uno de los más importantes aportes al pensamiento crítico y contracultural caribeño-dominicano de las últimas décadas. Que su voz y su mirada crítica sirva de ejemplo para mantener vivas las memorias de resistencia negra y trans y seguir organizando la lucha en rechazo a todo lo que Johan Mijail aborreció en vida: la violencia policial, el racismo, el sexismo, la transfobia y la homofobia. Lloremos su partida sin pena alguna y celebremos su inmenso legado.